*Por Loreto Casanueva Reyes

Sé muy poco sobre Rusia. Lo poco que sé se lo debo a: mi amiga Sofía que vive en Finlandia y que algo me ha contado de la Guerra de Invierno que sucedió entre 1939 y 1940, en la que se enfrentaron tropas soviéticas y finesas; mis profesores de Literatura, con quienes leí algunos relatos de Tolstói y Dostoievski; la Copa Mundial de 2018, cuyo opening me obsesionó con los huevos Fabergé, unos majestuosos contenedores a la vez que joyas que el zar Alejandro III manda a confeccionar como regalo de Pascua a su parentela.
Sabía muy poco sobre Rusia, debiera decir. Alfabeto ruso, ensayo de Marina Berri (1982), ha sido para mí una clase magistral sobre cultura rusa, en especial sobre su lengua. Se publicó por primera vez en 2024 en Argentina por Ediciones Godot. Desde entonces, casas editoriales bolivianas como El cuervo, uruguayas como Criatura Editora, mexicanas como Elefanta, y ecuatorianas como El fakir, lo han publicado. En Chile, La pollera ediciones se sumó a ese fervor latinoamericano por un libro acerca de Rusia, tras su Premio de No Ficción Latinoamericana Independiente 2024.
Comprendo del todo el fervor. Alfabeto ruso es un libro ordenado alfabéticamente, valga la redundancia, que tiene vocación de silabario. Su autora, quien también es lingüista, repasa las letras del cirílico una por una, desde la a hasta la Я, a partir de la selección de una palabra o expresión cuya inicial sea cada una de ellas. Cada palabra o expresión nos habla del idioma, sus avatares y etimologías, así como de la experiencia que Berri ha tenido con él en su calidad de estudiante, primero autodidacta, y luego a través de una intensa estadía soviética. A lo largo de sus páginas, el aprendizaje y el uso de la lengua derivan en recuerdos personales y relatos sobre artífices y artefactos culturales de la Rusia moderna y contemporánea, que van desde la literatura decimonónica hasta la publicidad y los dibujos animados.
Percibo un ánimo pedagógico en los ensayos que componen este libro, de esa pedagogía que enseña a la vez que deleita. Berri despliega su curatoría léxica a través de una lealtad absoluta hacia el idioma ruso y una permanente analogía con el nuestro. Es, entonces, un ensayo cercano en todo el sentido del adjetivo, como puede apreciarse en el capítulo sobre la palabra con T Тереть (TERÉT):
“En español decimos secar, rallar, lustrar, limpiar, borrar, frotar. Para mí esos verbos no tienen nada que ver uno con el otro. Intento traducir al ruso secar, porque es una palabra que necesito seguido, sobre todo con los chicos, que tienen que lavarse las manos, o a los que yo les tengo que limpiar la cara, y nada es fácil, ni rápido, y en esos huecos pienso en cosas diversas, por ejemplo, en las palabras comunes de ruso que todavía no sé.
En el jardín de infantes ruso de Milo pesco el verbo […] El tiempo pasa y un día de golpe me doy cuenta de que todo eso que para mí son cosas diferentes –secar, rallar, lustrar, limpiar– el ruso las ata elegantemente con un único verbo, Тереть (terét). Teret significa frotar, así que el movimiento hacia un lado y hacia otro de un trapo es el hilo con el que el ruso enlaza una ristra de palabras que producen efectos diferentes: botas relucientes, hebras de queso, olvido, hojas suntuosas, vidrios desempañados, manos limpias y secas” (107-108).
Alfabeto ruso resulta cercano porque Berri se encarga de hacernos notar que la letra es también una imagen, un objeto o, incluso, una sensación:
“ы. бабочки на языке (BÁBOCHKI NA YAZIKÉ)
Nabokov relata un sueño que tuvo mientras lo operaban de apendicitis, en el que diseccionaba una mariposa, la clavaba con alfileres, la acomodaba, la adormecía o la envenenaba. Solo que en la operación era él quien tenía las alas fijadas. Supongo que es una especie de venganza poética de las mariposas.
En ruso no hay –aunque bueno, siempre hay algo en el fondo del diccionario– palabras que empiecen con ы pero la ы revolotea por muchas de las palabras rusas. Las transforma: lo que se ve lindo (мило) se vuelve jabón (мыло), el osito (мишка) se convierte en ratoncito (мышка). Para pronunciar la ы hay que tirar la lengua hacia atrás y cuando lo hago siento que estoy clavando mi lengua con alfileres como si quisiera fijarle las alas: en la lengua, no obstante, la sensación es la del aleteo de las mariposas (бабочки на языке, bábochki na yaziké, mariposas en la lengua) (152-153).
Con unas amigas usamos el concepto “maridaje de libros”. Con él nos referimos a la compañía, consciente o no, con la que leemos uno o más libros (una especie de «modo de leer», si estiramos las posibilidades visuales de John Berger en su célebre texto de 1972). Empecé Alfabeto ruso cuando estaba terminando de leer Diccionarios. Pequeño ensayo ilustrado de Eduardo Muslip, publicado también en 2025, bajo el sello argentino Objetos personales. Se trata de una colección de ensayos sobre la estrecha relación de su autor con los diccionarios que se alojan en su biblioteca. “Una palabra”, escribe en el primer capítulo, “es una cosa tan misteriosamente viva como un insecto. E igualmente, cuando muerta, indudablemente muerta. Cuando no se usa, una palabra tiene una inmovilidad de insecto. ¿Está viva o no? Uno la ve en el diccionario y no sabe. Y de golpe una la escucha o la lee y dice sí, vive. Como ver el salto de la langosta o el vuelo que emprende la polilla. El que observa animales tiene algo del que mira palabras en el diccionario” (16-17).
Coincido plenamente con Muslip, y el Alfabeto ruso de Berri es mi más sólido argumento a favor. La ensayista es lingüista y, como tal, una naturalista del léxico que (se) admira de un espécimen, lo examina, lo interroga, lo recolecta. Esa cosecha, lejos de conformar un museo privado, se comparte en una serie de 62 ensayos que son, a su vez, compartimentos de una vitrina y entradas de un diccionario tan personal como universal.
*Loreto Casanueva Reyes es Académica de la Escuela de Literatura de la Universidad Finis Terrae, además de escritora, columnista y tallerista. Estudia los objetos y su relación con la literatura y las artes. Correo: lcasanuevar@uft.edu
