Entrevista a Julio Rodajo Ureta: «eres el único que aquí no pudo sellar una carta con su cara»

*Por Matías Saá Leal

Julio Rodajo Ureta (Santiago de Chile, 1994) es escritor, investigador y gestor cultural. Es Licenciado en Lengua y Literatura por la Universidad Alberto Hurtado, en donde también cursó el Magíster en Estudios de la Imagen y el Diplomado en Gestión de las Artes y las Culturas. Es autor de los poemarios Vaivenes (2013), Relicario (2021), Castración del cielo y otros poemas (2022), Manuscrito desvinculado (2023) e Imagen y Reverso (2026), este último financiado por el Fondo del Libro y la Lectura.

Su trabajo se desarrolla en el cruce entre literatura, teoría de la imagen, artes visuales y nuevos medios. En Imagen y Reverso, compuesto por 89 poemas, Rodajo explora la relación entre palabra e imagen a través de la tradición del autorretrato. El primer poema dialoga con un autorretrato de Alberto Durero realizado en 1500, mientras que a lo largo del libro aparecen obras de artistas como Antoine Steenwinkel, Vincent van Gogh, Sir Joshua Reynolds, Edvard Munch y Pierre Bonnard, entre otros.

El libro trabaja principalmente con la écfrasis, entendida como la representación o descripción verbal de una obra de arte. A partir de este procedimiento, Rodajo construye un recorrido por distintas épocas y formas de entender el autorretrato, al mismo tiempo que reflexiona sobre la necesidad humana de representarse y dejar una imagen de sí mismo.

Además de su trabajo creativo, Rodajo ha desarrollado labores de investigación y formación literaria. Entre 2022 y 2024 fue profesor del Taller de Creación y Apreciación Literaria de Resistencia Poética Peñaflor, y actualmente participa como tallerista en un proyecto de lectoescritura dirigido a estudiantes de enseñanza media de la Provincia de Talagante. También es miembro del directorio de la Sociedad Literaria de la Provincia de Talagante.

En esta conversación, hablamos sobre las nuevas generaciones de escritores y su relación con la literatura, los talleres de escritura como espacios de descubrimiento y formación, y el interés que todavía existe entre los jóvenes por leer y escribir. También conversamos sobre su llegada a la écfrasis, la convivencia entre investigación y creación, y el proceso detrás de Imagen y Reverso: desde la elección de los autorretratos y la construcción de un archivo personal hasta la fotografía que cierra el libro y vuelve sobre una de sus preguntas centrales: quién está realmente detrás de la imagen que construimos de nosotros mismos.

Julio, ¿cómo ves a las nuevas generaciones de escritores?

Hay de todo. Las nuevas generaciones también están vinculadas con nuevos formatos y medios. A muchos les interesa el manga, los documentales o el mundo audiovisual, pero también hay quienes siguen ligados a formatos más tradicionales, como el cuento, la novela o la poesía.

En general, los veo interesados en mantener viva esa necesidad de expresión humana. Aunque, si hablamos de los jóvenes, hay de todo. También me toca ver apatía en algunos sectores: apatía por aprender, por estudiar o incluso por el futuro. Pero también está el otro lado, que es el asombro y la motivación. Y eso para uno es bacán, es genial.

¿Te has encontrado con sorpresas, como decir: «Wow, este texto está muy bueno para alguien que todavía está en el colegio»?

Por supuesto, todo el tiempo. Uno se encuentra constantemente con nuevas voces. Más allá de la calidad de lo que escriben, lo fundamental es que valoran esta instancia extracurricular, fuera del colegio y de lo académico. De alguna manera, tiene la misión de hacer florecer la verdadera educación, que es desarrollar lo que cada estudiante lleva dentro.

También me sorprende encontrar apatía en espacios donde, en teoría, va gente que quiere aprender. Pero después uno se da cuenta de que muchas veces están ahí porque los mandan o porque tienen que estar.

La apatía, disculpa, la veo justamente en el otro sector: en los espacios universitarios, en los colegios y en los institutos. En cambio, cuando alguien llega voluntariamente a un taller de este tipo, muchas veces viene con ganas de aprender, de crear y de descubrir algo nuevo.

Yo creo que se entiende un poco. Por ejemplo, los horarios del colegio son peores que los horarios laborales. Entrar a las 8 de la mañana, y además fui pésimo estudiante de colegio, era difícil. En invierno, con ese frío, levantarse para entrar a las 8… También fui profesor de Preuniversitario y veía que los chicos llegaban cansados después del colegio. Si además tienen que cumplir con un horario laboral, también es complicado ese sistema de educación. A mí, como trabajador, me toca entrar a las 2 de la tarde y estoy agradecido por eso. Si tuviera que entrar a las 8, yo creo que igual andaría con careculo todo el día.

Absolutamente. En el Preuniversitario, por ejemplo, salir a las 8 de la noche tampoco es muy grato. Pero, a propósito de los talleres, ahí ocurre algo mucho más interesante.

A los chiquillos les gustan. Hay una nueva generación interesada. Respecto de estos talleres para estudiantes, este año estamos en la tercera versión de este fondo financiado por el Fondo del Libro. Consiste en dos ciclos, como dos semestres, y ofrecemos dos talleres en cada ciclo.

Los hacemos en horarios distintos: uno en la mañana y otro en la tarde, para que los chiquillos puedan inscribirse en ambos. Incluso hay quienes han querido repetir. Durante estos tres años ha habido motivación y siempre tenemos convocatorias.

Es todo lo contrario de lo que uno podría pensar. A veces se dice que a los adolescentes y a los jóvenes no les interesa la literatura, que no les gusta leer o escribir. Pero es todo lo contrario. Siempre hay interés.

Por otro lado, esto también es un hito importante dentro de la provincia. En mi generación, por ejemplo, no existían estas ventanas ni estas oportunidades. No teníamos espacios para compartir nuestro trabajo y nuestra experiencia, ni para que alguien externo valorara nuestra capacidad expresiva, imaginativa o discursiva.

Entonces, es muy rico ver que las nuevas generaciones sí tienen estas oportunidades y las valoran.

Este fondo tiene como responsable a mi colega Daniel Viscarra, que también es profesor y escritor de la provincia. Además, es mi colega en la Sociedad Literaria. 

Fotografía de Óscar Masías

¿Cómo llegaste a la écfrasis?

A la écfrasis llegué por la universidad, durante el pregrado de Licenciatura en Lengua y Literatura de la Universidad Alberto Hurtado. En un curso que impartía el profesor Rodrigo Cordero, llamado Ética, estética y literatura, estudiamos distintas relaciones entre la palabra y la imagen.

Revisamos casos como los de Raúl Zurita, Gonzalo Millán y Armando Uribe, además de publicidad, fotografía, emblemas medievales y caligramas. Entre estos temas apareció también el concepto de écfrasis, que consiste en una representación verbal o escritura surgida a partir de la observación de una obra de arte.

Después, cuando ingresé al Magíster en Estudios de la Imagen, me volví a encontrar con el mismo profesor y con este tema, pero desde un plano más profundo y complejo.

Fue gracias al profesor y a toda la bibliografía relacionada con esta tradición que llegué a la écfrasis. Ahí aparece la idea de las «artes hermanas» y de una relación entre distintas formas artísticas que existe desde hace mucho tiempo. Hasta hoy podemos ver cómo lo verbal y lo visual conversan y dialogan entre sí.

A partir de ese estudio académico, de esas instancias en la universidad, llegué al concepto y después lo puse en práctica en mi libro Imagen y Reverso.

Eso también me llama la atención, porque la primera parte del libro, el prólogo, es bastante académica, incluso tiene citas de los griegos. Y, además, llegaste a la écfrasis justamente desde la academia, primero en la licenciatura y después en el magíster. Te quería preguntar cómo convive tu lado de investigador con tu lado creativo. Este libro también tiene una parte teórica importante. He leído otros prólogos que son más libres, pero el tuyo tiene un marco teórico bastante desarrollado.

Conviven en una especie de simbiosis o de equilibrio. Considero que mi labor artística y mi forma de expresarme, tanto a través de la palabra como de la acuarela o la música, requieren una formación. Necesito entender, comprender y adquirir herramientas que vienen de la teoría y de la academia.

Para mí, todo eso sirve para moldear la intuición y, de alguna manera, darle forma a la libertad que uno lleva dentro. Es una forma de darle cierta estructura al caos, al caos interno.

Entonces, el prólogo de Imagen y Reverso cumple justamente esa función. Como todo prólogo, busca darle una entrada al lector. No quiero que se enfrente al libro y quede perdido desde el comienzo, sino ofrecerle una explicación, desde un lugar más académico y educativo, del concepto que engloba toda la obra.

Por eso, ambas dimensiones van de la mano de manera constante. También me ha pasado en otros trabajos. Por ejemplo, publiqué un poemario digital llamado Manuscrito desvinculado, que considero un libro digital porque justamente el medio digital es el que le da sustento a la obra. No puedo concebir ese poemario de otra forma, al menos por ahora.

En ese caso, también existe una relación entre la reflexión teórica y la creación. Para mí, una cosa alimenta constantemente a la otra.

¿Cómo nace ese cruce entre tus obsesiones personales y la investigación? ¿Primero aparece una idea que después investigas, o muchas veces la investigación termina llevándote hacia una nueva obra?

También hay una bibliografía importante detrás. He leído teoría de la imagen, teoría de los nuevos medios, escrituras digitales, estudios sobre internet y distintas cosas relacionadas con esos campos. Siempre intento combinar ese estudio con mis intuiciones personales y con mis propias obsesiones.

A veces se me ocurre una estructura para un libro o un concepto y pienso: «Ya, para desarrollar esto tengo que leer tal cosa, tal otra». Entonces comienzo a buscar y estudiar lo que me puede ayudar a darle forma. Va de la mano, básicamente.

Lo mismo ocurre con otros proyectos que todavía están inéditos y que también se vinculan con la ciencia. Por ejemplo, tengo un proyecto sobre el tiempo. También estoy trabajando en otro que busca reunir la obra de un ancestro español.

En ese caso ya no se trata tanto de creación, sino de un ejercicio de investigación. Pero, nuevamente, ambas cosas están muy relacionadas. La investigación termina repercutiendo en toda mi producción, de una u otra manera.

¿Y cómo decidiste elegir las pinturas?

La decisión inicial surgió cuando me acerqué a mi profesor Rodrigo Cordero y le dije: «Profesor, quiero hacer un poemario de écfrasis, un libro que dialogue con imágenes».

Él me sugirió que, considerando también la orientación de la Universidad Alberto Hurtado hacia los estudios latinoamericanos, trabajara con pintores latinoamericanos, especialmente chilenos. Entonces tuve unos primeros acercamientos a José Balmes y a Roberto Matta, que me gusta mucho, pero sentía que estaba forzando la idea. No era un concepto ni una temática que me resultara del todo natural.

En ese momento también estaba leyendo bastante a historiadores del arte, como Víctor Stoichita, Erwin Panofsky y Aby Warburg. Me interesaba especialmente Stoichita y sus estudios sobre la invención del cuadro y el autorretrato. También me interesaba Warburg y su concepto de la supervivencia de las imágenes y la intención de crear un atlas personal, un archivo cultural que vinculace los elementos según su relación temática o simbólica.

A partir de esas lecturas comencé a pensar en reunir un conjunto de imágenes que dialogaran entre sí, primero por sus temáticas, pero también por sus gestos y contenidos.

Así llegué al autorretrato. Me llamaba mucho la atención esa necesidad humana de expresarse a sí misma, de dejar una huella del propio rostro y del propio quehacer. Muchas veces los autorretratos también muestran el taller, el oficio y el espacio de trabajo del artista. En el caso de Rembrandt, por ejemplo, está esa búsqueda constante de la propia identidad, de mostrar cómo uno cambia y cómo se transforma con el tiempo.

Esa fue, en principio, la decisión que me permitió elegir las imágenes. Quería encontrar una línea temática que pudiera englobarlas. Y ese gesto también tiene algo de académico, propio de la elaboración de un ensayo o una tesis: establecer un tema, buscar un marco teórico y construir una línea de investigación. Funciona de una manera un poco más estructurada en ese sentido.

Pero también había una pulsión mucho más auténtica y natural hacia el autorretrato. A medida que iba recolectando imágenes, esa intuición se fue confirmando. Primero a través de las lecturas de Stoichita, que estudia obras de artistas como Vermeer, Rembrandt, Caravaggio, entre otros.

Después vino todo el proceso de investigación. Busqué material en internet, revisé imágenes y profundicé en distintos artistas y obras que pudieran servir para desarrollar el libro. También hubo una parte muy importante de intercambio con amigos. Algunos sabían que estaba trabajando en esto y me mandaban imágenes: «Mira, ¿conocías esta?». Y yo pensaba: «Oh, no. Buenísimo», y la agregaba.

Fue un proceso bastante múltiple, pero básicamente se construyó a través del estudio y la investigación.

En el prólogo también, que me gustó mucho porque está bien completo, hablabas de Farrés, que hizo un poemario sobre Edward Hopper, y también de Millán y Pound. ¿Pensaste en algún momento hacer un poemario dedicado solamente a un pintor? ¿O siempre quisiste trabajar sobre la historia del arte en general?

En el transcurso de la escritura de Imagen y Reverso pasaron varias cosas. El proyecto incluso me dio material para pensar en una segunda o una tercera versión. Pero, en el caso de esta versión, la que se publicó este año, mi intención no era hacer un libro dedicado a un solo pintor.

A propósito de Gonzalo Millán, mi intención era ir más allá y hacer una especie de compendio museográfico e historiográfico, incluso universal. Hay una mirada occidental, bastante occidental, pero buscaba trabajar sobre un concepto particular: el autorretrato.

Por eso, no estaba pensando en hacer un libro sobre «el autorretrato de un pintor» en particular. De hecho, hay artistas cuyos autorretratos no necesariamente me parecen la mejor forma de comprender su obra. Turner, por ejemplo, es uno de mis favoritos. Su autorretrato no lo representa con tanta fuerza como lo hacen algunas de sus propias pinturas, como Lluvia, vapor y velocidad, donde aparece el ferrocarril, o sus pinturas de amaneceres y de carácter marino. Esas obras me permiten comprender mucho más al artista que su autorretrato propiamente tal.

Eso también me deja una línea de trabajo para el futuro, porque podría pensar en una segunda o tercera versión del proyecto.

¿Como una serie de libros o capítulos dedicados a distintos temas?

Claro. Mi idea, por ahora, es subirle el nivel a este tema que trabajo en Imagen y Reverso y ampliar la investigación más allá del autorretrato. También me interesa trabajar por géneros pictóricos.

El segundo género que me llama la atención es el de las pinturas de colecciones. Son obras propias del clasicismo y del romanticismo en las que aparece una galería repleta de imágenes. Me interesa porque permiten abarcar todo un mundo, un universo mucho más complejo, y también ampliar la escala del proyecto.

¿Y esos otros géneros serían proyectos mucho más extensos?

Sí, mucho más extensos, más desplazados y también más imaginativos. El otro género que me interesa, quizás todavía más, es el de la pintura abstracta. Ahí también sería como subirle el nivel al ejercicio de la écfrasis, porque sería mucho más complejo hablar, describir o interpretar pinturas no figurativas.

Ahí aparece Kandinsky, por ejemplo. Tengo algunas cosas de Kandinsky y también algo de lo que comencé a trabajar con Roberto Matta. Pero todo eso todavía está en el campo de lo inédito, en el campo de las libretas acumuladas.

Fotografía de Óscar Masías

Lo bueno es que tienes material para más libros.

Sí, sí. Pero básicamente nunca pensé en trabajar con un solo autor. Siempre me interesó expandirme hacia una intención más curatorial, más museográfica. Quería construir algo que pudiera abarcar distintas obras y distintas épocas.

Eso sí, nunca tuve la pretensión de abarcar la totalidad de los autorretratos. En el mismo prólogo lo menciono: sería una tarea imposible. Es imposible abarcarlo todo, porque la producción contemporánea continúa y constantemente aparecen nuevas obras. Incluso dentro de la historia del arte siempre puede existir alguna referencia que uno no encuentre.

Por eso el proyecto es, necesariamente, incompleto. Y creo que esa condición también forma parte de su sentido.

La primera imagen del libro corresponde al año 1500 y termina con una imagen de 2022. ¿Cómo fue hacer este ejercicio de écfrasis con un autorretrato tuyo?

En principio, yo comencé a trabajar con la idea de hacer un autorretrato personal. Aunque, en realidad, no considero que esa fotografía sea propiamente un autorretrato.

Yo llegué con la idea a Óscar Masías, que es un fotógrafo de Talagante, y fue él quien realizó todo el trabajo fotográfico y logró concretar la idea. Entonces también queda una pregunta interesante sobre la autoría de esa imagen: ¿es de quien tuvo la idea o de quien la llevó a cabo y la concretó?

Eso también dialoga con una de las ideas propias del autorretrato. Como menciono en el poema, «eres el único que aquí no pudo sellar una carta con su cara». Yo soy el único que no logró autorretratarse y, justamente por eso, termino homenajeando al resto de los pintores que sí tuvieron la capacidad de hacerlo.

Me interesaba que el lector terminara el libro con esa imagen. Fue una especie de gesto de cierre. La fotografía de Óscar Masías me representa en un simulacro del infinito y quería que, al llegar al final, el lector se encontrara nuevamente con esa imagen.

De alguna manera, buscaba generar un ciclo. El libro comienza con una imagen de hace siglos y atraviesa toda esta historia del autorretrato hasta llegar a una imagen contemporánea en la que aparezco yo. Entonces, el cierre vuelve sobre la misma idea inicial: la necesidad de representarnos, de dejar una imagen de nosotros mismos y de preguntarnos quién es realmente el que está detrás de esa imagen.

*Matías Saa Leal estudió Lengua y Literatura en la Universidad Alberto Hurtado. Colabora en diversos medios y publicó la plaquette Ahora tengo un gato por La Raza Cómica. Correo: matias.saa@mail.udp.cl

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