¿Puede el periodismo ser literatura?

Por Patricia Poblete Alday*

De la fotografía: Harun Farocki, “Images of the World and the Inscription of War,» 1988.

Sí, ciertos géneros y textos periodísticos ciertamente pueden ser considerados como manifestaciones literarias. En específico: la crónica narrativa, que ha ganado, durante las últimas dos décadas, un reconocimiento particular como literatura, rubricado por el otorgamiento del premio Nobel a la reportera bielorrusa Svetlana Alexievich en 2015. La crónica de no ficción surge del ejercicio periodístico y se afinca en la lógica de lo noticioso (actualidad, proximidad, prominencia, curiosidad, conflicto, suspense, emoción y consecuencias), pero trasciende lo informativo por su voluntad de mostrar aquello que late bajo lo coyuntural. Como indica el periodista y académico español Gonzalo Martín Vivaldi: a diferencia del reportero de textos informativos, que traduce hechos o evoca sucesos, el cronista revela esencias

¿Y cómo se hace eso? Hay cuatro estrategias complementarias y entrelazadas que permiten a la crónica narrativa identificar y mostrar «lo humano dentro de lo humano», como lo expresó Alexievich en su discurso de aceptación. 

Primero: inserta lo narrado en una corriente de hechos continua y significativa. A diferencia del periodismo informativo, esta crónica no se queda en la enunciación de las 5W del lead (qué, quién, cuándo, dónde, por qué) sino que sitúa esos datos más allá de lo inmediato. Esto no solo nos permite conectar explicativamente hechos noticiosos, sino también comprenderlos como manifestaciones o «síntomas» de un complejo entramado de factores, que son los que constituyen el contexto o el espíritu de época. Es lo que hizo, por ejemplo, la periodista italiana Oriana Fallaci en Un hombre (1979), bellísima biografía del revolucionario griego Alekos Panagoulis, y que puede ser leída como la historia de un proceso sociopolítico, como una carta de amor (¿qué gesto revela mayor devoción que contarle a otro su propia vida?) y como el relato del héroe, que permanece inalterado bajo los nuevos escenarios y ropajes: «La eterna tragedia del individuo que no se adapta, que no se resigna, que piensa por su cuenta, y que por eso lo matan entre todos».

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, la crónica narrativa apela a constantes humanas universales, por lo que en ella se distinguen claramente las “historias” –la fábula o el encadenamiento de hechos– de las temáticas que le subyacen. Así, por ejemplo, en crónicas como El empampado Riquelme, de Francisco Mouat (2001), o “Perdido (missing)”, de Alberto Fuguet (2007), el seguimiento de una pista noticiosa termina revelando el clásico motivo de la búsqueda del padre:

«No es necesario que tu papá se pierda en el desierto para que tengas que salir a buscarlo. Puedes tenerlo al frente tuyo, avanzar un metro y tocarlo, y seguro que estás metido en el mismo embrollo: él está ahí, pero tú no lo encuentras, y como no lo encuentras sales a buscarlo en otro sitio, y como te va mal en la búsqueda vuelves cansado, molesto y aburrido y dejas de buscarlo, y como dejas de buscarlo ya no puedes encontrarlo por tu propia voluntad, y después el tiempo termina de hacer el trabajo» (El empampado Riquelme).

En tercer lugar, esta crónica enfoca desde un punto de vista propio y original. El Yo del cronista siempre está presente, como “una situación de la mirada” –al decir del argentino Martín Caparrós– antes que como pronombre. En consecuencia, y en oposición a lo que sucede en el periodismo informativo, en la crónica narrativa es dable distinguir al autor (persona) del narrador (entidad textual). Es lo que sucede, por ejemplo, cuando la mexicana Elena Poniatowska asumía el rol de «niña fresa» para interpelar a sus entrevistados, logrando piezas notables como la entrevista a Cantinflas, publicada en 1953:

«—Buenos días, don Cantinflitas.

—Sí, niña, a ver, dígame rápido qué desea.

—Pues quiero saber dónde nació usted.

—Mi secretario le va a dar un currículum. Mucho gusto en conocerla, que le vaya bien.

(Delgado y muy acicalado, me señala la puerta con un gesto amable y una sonrisa mecánica. Recorro con rapidez sus mocasines italianos, su Rolex y su cuello de tortuga y el susto me invade al llegar a sus ojos con expresión de dureza).

—Ay, ay, ay, ay.

—¿Qué le pasa?

—No sea malo, me van a regañar en el periódico.

—¿Cuál periódico?

—El Excélsior.

—Ah, haberlo dicho antes. Siendo así, le puedo dedicar hasta cinco minutos».

Por último, esta crónica desarrolla el aspecto estético de la materialidad textual, utilizando recursos narrativos tradicionalmente asociados a la ficción y vetados de la economía de la nota periodística informativa.  Es importante notar que este aspecto estético es consecuencia del punto anterior (la mirada particular de quien escribe) y no es constitutivo, por sí solo, de lo “narrativo” o “literario” de este tipo de textos. Vale decir: una crónica no es “literaria” porque su autor utilice metáforas, juegue con los tiempos del relato o exhiba un dominio del lenguaje que va más allá de lo referencial; su espesor estético deriva de cierto enfoque hacia la realidad que se busca encuadrar, no hacia el texto, y ese enfoque suele estar regido por un criterio ético. 

La estructura de collage de El Sha o la desmesura del poder (1986), del polaco Ryszard Kapuściński, da cuenta de los desafíos del mismo ejercicio escritural, en tanto el cronista debe recoger la información, analizarla, ordenarla y jerarquizarla según su criterio. En este sentido, la escena que abre este extenso reportaje, y que muestra al periodista en la habitación de su hotel, presto a abandonar la antigua Persia, es elocuente: 

«El mayor desorden reina en la enorme mesa redonda: fotografías de distintos tamaños, cassettes, películas de ocho milímetros, boletines, fotocopias de octavillas, todo amontonado, mezclado como en un mercado viejo, sin orden ni concierto. Además, pósters, álbumes, discos y libros, comprados regalados por la gente, toda una documentación de un tiempo que acaba de transcurrir pero que todavía se puede ver y oír porque aquí ha sido fijado; en la película: ondulantes y tormentosos ríos de gente; en una cassette: llantos de almuédanos, voces de mando, conversaciones, monólogos; en las fotos: caras en estado de exaltación, de éxtasis».

En términos de pensamiento crítico, finalmente, la crónica, como toda buena literatura –sea de ficción o no ficción– posee la capacidad de descentrar el foco, en la medida de nos muestra aquello que los medios de comunicación, el canon literario, la institución académica o la lógica editorial dejan de lado. Así, nos permite ver lo que persiste una vez que lo urgente se desvanece; lo relevante, lo «humano dentro de lo humano».

*Patricia Poblete Alday es periodista y doctora en Literatura Hispanoamericana. Actualmente es profesora titular de la Escuela de Literatura de la Universidad Finis Terrae.

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