Por Francisca Apey Ramos*

Estamos hechos para contar historias. Desde sus inicios, incluso antes de ser considerada “Literatura”, los relatos nos han proporcionado un espacio de desarrollo e innovación crucial para el establecimiento de la sociedad actual. Comprender el mundo a través de historias y plasmarlo en un códice fue solo el comienzo de un avance tecnológico que revolucionó la democratización de la cultura. Aprendemos de los libros, nos comunicamos con ellos y creemos en ellos. No por nada es que, a pesar de encontrarnos en el ápice de la revolución digital, aún consideramos el objeto libro como una de nuestras metas junto a procrear.
En 1995 la UNESCO decretó el 23 de abril como el “Día del libro y los derechos de autor” para, por un lado, conmemorar la muerte de tres autores importantes para la literatura universal: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y Garcilaso de la Vega, como también para fomentar la lectura y la industria editorial. Si bien el establecimiento de la fecha no es algo nuevo –ya se celebraba en España desde 1930 (uc.cl)–, es clave el enfoque que hace esta institución en el fomento de la industria. Si recordamos, desde el establecimiento del Estatuto de Ana en 1917 en Inglaterra que la industria cuenta con medidas de protección de la propiedad intelectual de los autores. Este decreto no solo fue pionero al reconocer al autor de la obra y permitir que pudiese explotarla libremente, sino que, tal como dice su largo nombre, era un “incentivo” para el aprendizaje[1]. Esta medida buscaba impulsar la libertad de creación y la promoción de la cultura por medio del respaldo del creador y una justa remuneración de su trabajo al protegerlo, inicialmente, por 14 años. En las revisión y tratados posteriores –Convenio de Berna en 1886, Revisiones de París de 1972 y la Convención Universal sobre el derecho de autor en 1952 (Owen 8), entre otros– el tiempo de protección se ha extendido hasta los 70 años desde la muerte del autor.
¿Busca realmente el derecho de autor el fomento cultural? Esta es una pregunta que surge en los últimos años en los que hemos visto a empresas como Disney montar grandes campañas de lobby para ampliar y mantener los derechos de sus creaciones, junto con el auge de los “modelos de lenguaje grandes” (LLM) alimentados por obras que se encuentran protegidas por Copyright[2]. También es una interrogante que permea el área académica, particularmente por las restricciones de acceso que presentan algunos journals claves para el desarrollo disciplinar. Sin embargo, la existencia de movimientos como Copyleft (1985), Creative Commons (2001) y Open Access (2002) buscan, desde sus inicios, democratizar el acceso y uso de las creaciones con el fin de promover el libre acceso al conocimiento. En un ambiente cada vez más restrictivo y receloso, estas iniciativas, junto a una visión más “humana” del reconocimiento moral del autor bajo leyes que amparan la circulación de las obras de la mente, han logrado impulsar a los autores y creadores a mantener vivo el ecosistema de publicaciones y, por sobre todo, la circulación de la cultura.
Cuando invitamos a una comunidad a celebrar o conmemorar el Día del libro, no solo estamos haciendo un llamado a recordar una fecha clave en la literatura universal, sino que se genera una instancia para fomentar la lectura en nuestra ciudadanía. “Chile, país de poetas” resuena a nivel internacional pero la realidad es que del 48% que dice leer por gusto, solo el 51% se interesa en los libros (Fundación La Fuente, 2022). Surgen programas, fondos y políticas públicas para impulsar la publicación y la lectura en nuestro país, pero los índices poco cambian. Hoy, más que nunca, se publican cientos de libros al mes, pero esta sobreabundancia de contenido compite directamente con los nuevos modos de entretención y una cultura alienadora que determina tu valor por medio de la funcionalidad que entregamos al sistema. En este punto regalarnos un momento para disfrutar sin un objetivo se vuelve inaceptable.
Todos tenemos un libro que nos cambió cuando niños; una historia que nos acompañó en una instancia clave y que recordamos con cariño. Y en este Día mundial del libro y los Derechos de autor los invito no solo a regalarnos ese momento, sino que a dejar lo funcional de lado y volver a reencontrarnos con el mundo a través de los relatos.
Referencias
«Leer en Chile 2022. Estudio de hábitos y percepciones lectoras». Fundación La Fuente. 30 de enero de 2023. https://www.fundacionlafuente.cl/estudios/leer-en-chile-2022-estudio-de-habitos-y-percepciones-lectoras/
“¿Por qué se celebra el Día del Libro?. Pontificia Universidad Católica de Chile. 23 de abril de 2024. https://www.uc.cl/noticias/por-que-se-celebra-el-dia-del-libro/
Owen, Lynette. Comprar y vender derechos. Fondo de Cultura Económica, 2008.
Rose, Mark. Authors and owners. The invention of Copyright. Harvard University Press, 1993.
[1] En inglés el título completo es: “An Act for the Encouragement of Learning, by vesting the Copies of Printed Books in the Authors or purchasers of such Copies, during the Times therein mentioned.” (Rose 42)
[2] La diferencia principal entre Derecho de autor y Copyright es que, si bien ambos protegen las obras, el énfasis del primero está en el reconocimiento moral del autor, el Copyright se enfoca en la explotación patrimonial de la obra.
*Francisca Apey Ramos es editora, magister en edición y académica de la Escuela de Literatura de la Universidad Finis Terrae. Correo de contacto: fapey@uft.cl
