*Por Matías Saá Leal

Pablo Castillo es sociólogo de la Universidad Alberto Hurtado y estudiante del Magíster en Ciencia, Tecnología y Sociedad de la misma institución. Su trabajo se sitúa en el cruce entre tecnologías digitales, sociedad y subjetividad, con especial interés en cómo las plataformas transforman nuestra relación con el cuerpo, la atención, el entorno y los demás.
Sus investigaciones han abordado fenómenos como la inteligencia artificial, los algoritmos, las plataformas digitales y los centros de datos, poniendo atención en las infraestructuras materiales y socioecológicas que sostienen la vida digital. Actualmente desarrolla una investigación de magíster sobre usuarios intensivamente online en TikTok, a partir de conceptos como subjetividad, corporalidad, naturaleza y experiencia digital. También investiga las relaciones entre dependencia y autonomía digital en América Latina, desde las relaciones de poder y las infraestructuras tecnológicas.
Ese interés por comprender cómo las tecnologías participan en la producción de subjetividad también aparece fuera de su trabajo académico. Pablo administra @archivismo_relatable, una cuenta donde crea memes sobre situaciones cotidianas y cultura digital. El humor se convirtió así en otro espacio desde el cual observar cómo las personas procesan experiencias, emociones y formas de identificación en internet.
Desde ese cruce entre investigación y cultura digital llegó al Congreso Javiera Mena, organizado por IDEA-USACH, donde presentó una reflexión sobre los memes como tecnologías digitales y su capacidad para producir subjetividad. Su propuesta tomó como punto de partida Esquemas juveniles, el disco de Javiera Mena, para pensar la sensibilidad asociada al desamor, la melancolía y el romanticismo, pero también las formas de pertenencia que se construyen alrededor de una obra musical.
Para Pablo, los memes no son solamente piezas de humor que circulan por internet. También pueden entenderse como parte de una cultura material e infraestructura cultural que produce identificaciones y comunidades. En ese sentido, el fandom digital puede funcionar como un «contra-dispositivo»: un espacio donde las personas encuentran formas de pertenencia y construcción colectiva que no necesariamente responden a las lógicas dominantes de las plataformas.
Su lectura de Esquemas juveniles también conecta con una sensibilidad que, a su juicio, todavía circula entre las generaciones más jóvenes: una suerte de optimismo millennial que aparece en la música, los memes y las formas contemporáneas de nostalgia. Canciones de Javiera Mena, Denver, Teleradio Donoso o Francisca Valenzuela pueden ser recuperadas hoy por personas que no vivieron su contexto original, pero que encuentran en ellas una determinada manera de hablar del amor, la juventud y el futuro.
Así, entre la investigación académica y la producción cotidiana de memes, Pablo Castillo busca comprender algo que atraviesa buena parte de su trabajo: cómo las tecnologías no solo median lo que hacemos, sino también las formas en que sentimos, nos identificamos y construimos comunidad.

—¿Cómo se relacionan fenómenos como la depresión, la ansiedad, los problemas de autoimagen, la falta de sueño y la desconexión con el entorno con el uso intensivo de internet y TikTok?
Hoy se habla del concepto de «crónicamente online» para referirse a personas que habitan internet como un espacio central de sus vidas. En mi trabajo estudio los efectos psicológicos, subjetivos y corporales del uso intensivo de plataformas como TikTok.
La literatura médica ha asociado este uso con problemas de salud mental y física, especialmente por la estructura acelerada y constante de las plataformas, que puede generar sobreestimulación y sobrecarga cognitiva. En mi tesis, sin embargo, abordo el fenómeno desde una perspectiva exploratoria y no patologizante.
He observado una asociación entre el uso de TikTok y problemas de autoimagen y salud mental, pero esa relación no se agota en el malestar. Las tecnologías digitales también generan nuevas formas de identificación, coordinación y articulación colectiva, como ocurre con los fandoms digitales, que producen sentidos de pertenencia dentro de internet.
—¿Y cómo puede llegar esto a relacionarse con la autolesión, los trastornos alimenticios y la discriminación?
Si bien no he explorado las patologías concretamente en profundidad, sí puede existir un entrecruce entre las tecnologías digitales y estas problemáticas. En poblaciones más jóvenes, el límite entre la plataforma y la salud mental parece ser mucho más difuso, y esa relación puede funcionar tanto para bien como para mal.
Los algoritmos tienden a radicalizar determinados aspectos de nuestra subjetividad. Si una persona con problemas de salud mental interactúa constantemente con contenido depresivo, por ejemplo, la plataforma tenderá a recomendarle más contenido de ese tipo. Esto ocurre porque nuestra subjetividad se codifica en datos: lo que vemos, cuánto tiempo lo miramos, lo que comentamos o aquello a lo que damos «me gusta» alimenta el sistema de recomendación.
Por eso es importante desarrollar una «conciencia algorítmica», es decir, entender que nuestras propias acciones están constantemente influyendo en el contenido que las plataformas nos muestran. No se trata solo de qué consumimos, sino de comprender cómo nuestras interacciones pueden reforzar determinados estados o formas de pensar.
—¿Crees que TikTok puede utilizarse con un objetivo reflexivo o de aprendizaje?
Bajo las condiciones actuales de desarrollo de los algoritmos, la gobernanza digital y la infraestructura de datos, es difícil pensar en una autonomía plena frente a estas tecnologías. Los algoritmos participan cada vez más en la producción de subjetividad y también pueden funcionar como mecanismos de control y dominación. En ese contexto aparece, por ejemplo, la discusión sobre los PSYOP, las operaciones psicológicas, y su posible aplicación para comprender cómo los algoritmos intervienen en nuestras conductas y subjetividades.
Por eso, bajo las condiciones actuales de las plataformas digitales, resulta difícil hablar de autonomía, emancipación o bienestar. Sin embargo, esto no significa que la tecnología tenga que funcionar necesariamente así. Con otros diseños, valores e intereses, podríamos imaginar algoritmos capaces de favorecer nuestra autonomía y bienestar, en lugar de mantenernos dentro de determinados circuitos de consumo y comportamiento.
Para llegar a eso se necesitan transformaciones tanto estructurales como microsociales. No basta con cambiar la manera en que usamos una aplicación: también debemos preguntarnos cómo están diseñadas estas tecnologías, qué intereses las sostienen y qué tipo de relación con nosotros mismos y con los demás buscan producir.
—¿Qué margen de autonomía puede tener una persona frente al algoritmo de TikTok?
Actualmente es difícil hablar de autonomía generalizada, porque las propias plataformas están diseñadas para generar cierto grado de dependencia. El algoritmo recomienda contenido según nuestros intereses y, de esa manera, puede producir burbujas de información donde terminamos expuestos principalmente a personas, contenidos y perspectivas similares a las nuestras.
Sin embargo, sí es posible desarrollar cierto nivel de autonomía frente al algoritmo. Para eso necesitamos una educación sistemática sobre cómo funcionan estas tecnologías. El concepto de «bienestar digital» está muy relacionado con la llamada algorithmic awareness, o conciencia algorítmica. Quienes llevamos más tiempo habitando internet hemos desarrollado, en algunos casos, esta conciencia de manera espontánea.
El problema es que no podemos dejar esa tarea únicamente en manos de cada individuo. Si queremos una relación más autónoma y saludable con las tecnologías digitales, debería existir un plan estratégico e institucionalizado de educación algorítmica. A mi juicio, este debería ser un aspecto central de cualquier política pública digital orientada al bienestar y la autonomía de las personas.
—Respecto de la nube, tenemos la imagen de algo etéreo, que está flotando y no tiene una presencia física. ¿Qué aparece cuando hacemos visible su dimensión material y qué problemas puede traer, particularmente para el medioambiente?
La nube suele presentarse como algo etéreo e intangible, como si estuviera «allá arriba» y no tuviera relación con la materialidad social. Sin embargo, depende de una infraestructura muy concreta: trabajadores que realizan tareas de etiquetado y clasificación de datos, centros de datos, grandes cantidades de energía y agua, además de recursos naturales y políticas públicas.
En Chile, por ejemplo, existen centros de datos en comunas como Quilicura y Cerrillos, lo que obliga a preguntarse por los recursos que utilizan y por sus efectos en los territorios donde se instalan. El agua es especialmente relevante en esta discusión.
Por eso podemos hablar de una «materialidad de la nube» que incluye trabajo, recursos naturales, infraestructura, políticas públicas e incluso nuestra propia subjetividad, que se transforma en datos para alimentar estos sistemas. La promesa de la nube, en cambio, es precisamente su inmaterialidad. Esa imagen puede invisibilizar los procesos sociales y ambientales que existen detrás de ella. Hacer visible esa materialidad es fundamental para poder discutir sus consecuencias sociales, ambientales y políticas.
—¿Cómo ves el conflicto que existe en Quilicura, particularmente por el agua y los humedales? ¿Qué revela esta tensión entre el desarrollo tecnológico y las condiciones del territorio? ¿Consideras que Quilicura puede entenderse como una zona de sacrificio de los data centers?
Los movimientos socioambientales y socioecológicos de Quilicura han visibilizado el malestar asociado a la instalación de centros de datos y la tensión que existe entre esta infraestructura y los recursos hídricos del territorio. También han cuestionado las promesas de desarrollo que acompañaron su llegada, como la creación de un bosque urbano, cursos y otros beneficios para la comunidad, que en buena medida no se han materializado.
No creo que sea imposible establecer una relación más armónica entre los centros de datos y el territorio. Podría existir un modelo en que esta infraestructura contribuya al desarrollo comunitario y fortalezca la autonomía local, pero actualmente eso no parece estar ocurriendo. Además, los centros de datos siguen siendo infraestructuras bastante opacas: las comunidades no siempre cuentan con información clara sobre su consumo de agua, sus impactos o sus planes de expansión.
En ese sentido, existe una suerte de «desdemocratización» del territorio. Se instalan infraestructuras con importantes efectos territoriales, pero las comunidades no necesariamente tienen la información ni las herramientas para participar de manera efectiva en las decisiones que las afectan. Por eso, más que preguntarnos solamente si Quilicura es una «zona de sacrificio», habría que preguntarse qué condiciones de transparencia, participación y autonomía territorial existen frente a este tipo de infraestructura. La discusión no debería centrarse solo en el desarrollo tecnológico, sino también en quién decide dónde se instala, qué recursos utiliza y qué costos y beneficios quedan en el territorio.
—Respecto a los memes, ¿crees que los memes pueden moldear los gustos musicales y las emociones de una persona?
Creo que los memes han moldeado la subjetividad desde su aparición. Cuando era chico, alrededor de 2010, páginas como Cuánto Cabrón o Memondo funcionaban principalmente como espacios de humor, entretenimiento y construcción comunitaria. Era una especie de «lejano oeste» de internet, donde las personas podían crear y compartir contenidos con bastante libertad, antes de que se impusiera la lógica actual de las plataformas y los algoritmos.
Hoy estamos frente a otra etapa. Los memes ya no son solamente expresiones espontáneas, sino que también pueden utilizarse deliberadamente para producir determinados efectos subjetivos, políticos o de identificación. El caso de Pepe the Frog es ilustrativo: nació como un meme de internet y posteriormente fue apropiado por sectores de la alt-right y grupos de extrema derecha para transmitir determinadas ideas políticas.
Esto demuestra que los memes no son necesariamente inocentes. Pueden influir en nuestras sensibilidades, gustos y formas de identificación. Pero esa capacidad también puede utilizarse para generar comunidad, bienestar y desarrollo colectivo. Espacios como el politigram muestran esa posibilidad.
Por eso, más que preguntarnos solamente si los memes producen subjetividad, habría que preguntarnos qué tipo de subjetividad queremos producir con ellos. Pueden reforzar determinadas formas de dominación, pero también funcionar como herramientas de expresión, comunidad y construcción colectiva.
—¿Y qué hace que Esquemas Juveniles (Javiera Mena, 2006) sea tan memeable?
Creo que hay algo que he escuchado bastante últimamente: los memes de Esquemas Juveniles tienen un carácter transgeneracional. El disco originalmente estuvo muy ligado a la generación millennial, a quienes hoy tienen alrededor de 35 años o más y vivieron su juventud en la época en que apareció el álbum. Sin embargo, actualmente la generación Z también está apropiándose de Esquemas Juveniles. Y creo que eso tiene que ver precisamente con el espíritu del disco: lo juvenil, pero entendido no solo como una etapa de la vida, sino como una sensibilidad. Esquemas Juveniles apela a emociones que siguen vigentes: la nostalgia, el romanticismo, el desamor, el cariño y la incertidumbre afectiva.
Es interesante ver cómo una generación más joven toma esas canciones y las transforma en memes para expresar sus propias experiencias. Hay una reapropiación de ese sentimiento de nostalgia que, en principio, pertenecía a otra generación. En ese sentido, Esquemas Juveniles se vuelve tan memeable porque habla de cosas con las que muchas personas pueden identificarse. Esa es una característica fundamental de los memes: funcionan cuando alguien los comparte y piensa «esto soy yo» o «esto me representa».
Desde los memes más antiguos hasta los contemporáneos existe esa dimensión de identificación. Y los memes de Esquemas Juveniles conectan con la juventud actual precisamente porque las emociones que aparecen en esas canciones siguen estando ahí. Podemos cambiar las plataformas, las formas de relacionarnos o incluso las maneras de hacer memes, pero la nostalgia, el desamor y el deseo de identificarnos con otros siguen siendo experiencias profundamente reconocibles.
—¿Crees que, a través de los memes, puede aparecer un contenido más optimista en torno a discos y artistas como Teleradio Donoso, Denver o Francisca Valenzuela?
Creo que los memes todavía tienden hacia el optimismo. Existen formatos más oscuros, como los void memes, pero en términos generales siguen siendo un espacio asociado al humor y a emociones relativamente positivas. Esto puede relacionarse con una generación millennial que vivió una época marcada por cierto optimismo social y político, con movimientos como la Revolución Pingüina y la expectativa de construir proyectos colectivos. Esa sensibilidad también se expresó en la música de artistas como Javiera Mena, Alex Anwandter, Denver y Teleradio Donoso.
Hoy ese optimismo parece estar a la baja. Basta con observar algunas bandas que están surgiendo, como Hesse Kassel o Candelabro, cuyos discursos son más críticos frente a las dinámicas sociales y políticas contemporáneas.
Por eso me interesa pensar los memes como un espacio donde todavía sobrevive parte de ese optimismo millennial. Cuando alguien joven convierte una canción de Denver, Teleradio Donoso, Javiera Mena o Francisca Valenzuela en un meme, no necesariamente está recuperando solo una canción del pasado, sino también una sensibilidad asociada al amor, la juventud, la amistad o el futuro. En ese sentido, los memes pueden funcionar como un archivo afectivo de ese optimismo y como una forma de reutilizarlo desde el presente.
—¿Cuál crees que es la importancia del humor en estos momentos tan delicados, especialmente frente al avance de la ultraderecha en Chile?
Me parece que el humor tiene una dimensión resiliente, es decir, una capacidad de ayudarnos a sobreponernos a la adversidad. En un contexto marcado por conflictos políticos, pérdida de derechos y retrocesos en determinadas conquistas sociales, el humor puede funcionar como una manera de enfrentar colectivamente el malestar. Pero tampoco creo que debamos quedarnos solamente en la idea de mantener un humor positivo frente a lo que está ocurriendo. Pensar que tenemos que conservar siempre el buen humor puede convertirse también en una forma de evasión. El contexto actual puede demandar distintas formas de emocionalidad: una emocionalidad reflexiva, humorística, pero también crítica y contestataria.
Por eso, si bien es legítimo tomarse determinadas situaciones con humor, también lo es aproximarse a ellas desde una lectura crítica o incluso pesimista. El humor no necesariamente implica quitarle gravedad a lo que está ocurriendo. En ese sentido, creo que el humor tiene también una dimensión estratégica. Al menos cuando pienso en los memes y en las páginas de memes, veo que pueden funcionar como una forma de comunicar el malestar y, al mismo tiempo, transmitir maneras de sobrellevarlo colectivamente.
Los memes políticos son un buen ejemplo. Muchas personas se informan sobre determinados acontecimientos a través de ellos, pero también los utilizan para procesar lo que está ocurriendo, compartir una reacción emocional y sentirse parte de una comunidad que está atravesando una situación similar. Por eso me parece interesante pensar el humor no solamente como entretenimiento, sino como una forma de comunicación y de elaboración colectiva del malestar. Incluso puede abrir espacios de encuentro y organización, aunque habría que estudiar con mayor profundidad hasta qué punto esas comunidades digitales llegan efectivamente a constituir formas de organización social.
*Matías San Leal estudió Lengua y Literatura en la Universidad Alberto Hurtado. Colabora en diversos medios y publicó la plaquette Ahora tengo un gato por La Raza Cómica. Correo: matias.saa@mail.udp.cl
