Jorge Teillier, a 30 años de su partida

*Por Gastón Carrasco

Texto leído el Jueves 11 de junio en la Biblioteca Bellavista de Providencia

Este texto lo escribí ayer y está plasmado de esa sensación de lo que caduce o pierde vigencia, lo que tuve que decir ayer era quizá, acaso, más interesante que lo que tenga que decir hoy. Pararse desde ese lugar y balancearse en el balancín roto de la plaza, permite mirar a cierta distancia y con el apego herido, lo que es esperable para un poeta. 

De Teillier siempre se habla como el poeta puro, de alguien cuyo proyecto era escribir buenos poemas o siempre el mismo poema, recortado por el paso del tiempo. Collected poems; nada de proyectos o libros objetos, o experimentación porque sí. No hay sociología ni estudios culturales posibles. Pero lo cierto es que Teillier, ya lo he nombrado dos veces sin nombre, solo por el apellido, como en la milicia o en un liceo de hombres, sí se inserta en el campo cultural y sí tiene un espíritu, era que no, de diatriba. En su ensayo/poética “Los poetas de los lares” de 1965 lanza sus dardos a críticos y estudiosos “con sus respectivos ficheros” que no se ponen de acuerdo, también a los poetas “mayores”, son su obra “aplastante e incluso distorsionadora”, especialmente Neruda. Poetas siempre al borde de volver la poesía “seudo política, religión o filosofía”. 

Cuando leemos la descripción de los poetas nuevos, los jóvenes, los amigos Barquero, Rubio, Cárdenas, Calderón (todos hombres, lo que consideraremos sesgo y signo de época), se destaca su capacidad de recoger el mundo resultante de una experiencia literaria, que antes de dar cuenta de ideas, se lanzan al mundo que los rodea. ¿No es lo que hacen, por defecto, todos los poetas? También son sujetos que rechazan la ciudad, las megápolis, como Neruda en Residencia en la Tierra. Son poetas que también recogen costumbres, ritos, lo arraigado, incluso en figuras míticas, como De Rokha en Escritura de Raimundo Contreras.    

Ante lo convulso del mundo, el poeta prefiere afincarse en el poema, en su único refugio. El poeta pobla la página de lo que conoce, gesto contrario al creacionismo huidobriano, que si bien se establece en la página como único lugar posible del poeta, lo que hace es crear o recrear una nueva realidad. El impulso teillieriano tiene, no obstante, algo del espíritu del poeta creacionista, en tanto busca filiaciones o diálogos con otros poetas: Rilke, Prévert, Thomas, Mary Webb, Vallejo, López Velarde. Poetas que también resienten y rechazan la modernidad.

Más que una poética del pasado, Teillier enarbola una poética de la repetición: “esta es la misma estación que descubrimos juntos”, “esta es la misma estación que descubrimos juntos” (en “Sentados frente al fuego); en el “Tictaqueo del reloj” en “Andenes”, o con la anáfora “me despido” del poema “Despedida”. Cuántas veces se despide Teillier antes de desaparecer de la habitación o de salir de la escena. Se nota sus ganas de quedarse, incluso a merced de volverse invitado de piedra. Esta temporalidad linda con lo fantasmal, en “Un desconocido silba en el bosque” esta frase se repite al inicio y al final del poema, del que no hay salida, en el cual estamos encerrados, presas del poema mismo y su repetición, incluso por fuera del tiempo o de su avance: “para mí la poesía es la lucha contra nuestro enemigo el tiempo, y un intento de integrarse a la muerte” (En Trilce, Valdivia, N°14, 1968-1969, pp. 13-17)[1].

El rechazo a la modernidad se sostiene, paradójicamente, en los objetos y productos culturales. “El poeta, hermano de las cosas”, busca de ellas la comunicación, establecer contacto, volverse una antena parabólica o un satélite que orbita y se vuelve basura espacial. El poeta es un cronista, un transeúnte, un hermano y habitante de las cosas, sin el tono mayor ni el “acarreo de irrisorios monstruos verbales de cartón piedra” (palos para de Rokha) o “discursos de cementerio dichos en la oscuridad” (palos para Neruda). Teillier aboga por el bajo tono de los poetas del valle millaniano o los poetas civiles como Hernán Miranda o Elvira Hernández.

El refugio natural del poeta son los libros, la música, la cultura, pero ojalá la antigua, la pasada de moda, lo kitsch, en su ostentoso sentimentalismo. Aquí, debo decir, opera mi poema favorito del poeta: “Cuando todos se vayan”. En un presente, cruzado por la carrera espacial, en un espíritu muy Bradbury, el poeta decide quedarse en la tierra, mientras la humanidad decide irse, despegar, en cohetes hacia otros planetas (Huidobro habría estado en primera fila, Neruda y Parra también). El resto asciende y el poeta vuelve. Vuelve a su ciudad abandonada, a al pueblo donde siempre regresa. Todo está corroído o derruido, todo apunto a la infancia y los juegos rotos. Hasta llegar a casa y encerrarse a escuchar discos de un cantante de 1930. Se niega o da la espalda a la modernidad para mirar de frente al pasado. Como un ángel fallido de la historia, según la figura de Benjamin, incapaz de mirar hacia adelante. Un Jano de dos caras, con una sola.

Pero no quiere estar solo. En el poema “Traten de despertar”, el poeta invita a quedarse. Es él quien garantiza la hospitalidad. “Acompáñennos”, insiste varias veces. Esta vez, la invitación es a reunirnos y caminar hacia el País de Nunca Jamás, “por senderos retorcidos iluminados / solo por las candelillas y los ojos encandilados de las liebres”, imagen reverso de “los caminos infinitos / trazados por los cohetes en el espacio” de “Cuando todos se vayan”. Ojalá en el día del fin del mundo, que “será limpio y ordenado / como el cuaderno del mejor alumno”. Un día puesto en futuro, pero mirado con filtro de presente resistido o pasado anhelado. Incluso los evangélicos saliendo a cantar sus himnos de costumbre harán lo mismo que ya hacen, lo aprendido y lo reconocible. 

Y yo diré: “El mundo no puede terminar

porque las palomas y los gorriones

siguen peleando por la avena en el patio”.

(“Fin del mundo”, de libro Poemas de país de nunca jamás, 1963)

Quizá porque mirar hacia adelante implica un vacío mayor. Un vértigo que ilumina algún grado de imaginación ominoso, de apuesta y abismo. En su nostalgia por la edad de oro se acusa pero también se identifica la ansiedad por el futuro. Repudia lo mecanizado y estandarizado del presente, la neurosis de nuestro gran vecino del norte, pero y del poema qué. La preocupación por una “destrucción atómica final” lo permea todo. Ante la pregunta por el progreso, el poeta se pregunta, de la mano de Rimbaud, por qué mejor no retroceder. Lo que existe ya está en etapa de declinación y no pueden ser reemplazadas. El poeta se siente el último que conoce las cosas tal como son. Puedo empatizar por la muerte de una vida tal como la conocemos, nosotros mismos, millenials, vimos cómo lo análogo se apagaba en función de lo digital y de lo digital ahora lo artificial. Me compadezco de quiénes no conocieron un mundo previo a la pantalla. Pero también entiendo que cada época tiene sus muertes y nacimientos, la caída de muros y monstruos, para que se levanten otros. Seduce y fascina regocijarse en lo conocido. Es más fácil imaginar la muerte del mundo que la del capitalismo, rezaba el posteo de Instragram, el meme, la frase armada. 

De Teillier se habla, con alguna sonrisa en el rostros, de su dipsomanía, de su encaje total con la figura del poeta bohemio, alcoholizado, en parte porque ayudó a poner toda la imaginación al servicio de la aniquilación del poeta, y porque matar al poeta da nacimiento al mito y a la repetición, y por supuesto al canto de otros hombres. Ahora mismo somos parte de ese coro que celebra ritualmente el mito. Imagino en Lautaro un coro de ganaderos, de leñadores, de tejedoras, con fogatas en la ciudad, pidiendo la cabeza del presidente, pero también entonando poemas de Teillier y rayando los muros con versos del poeta. Hasta las distopías se pueden volver láricas. El mito se funda en la lengua y el alcohol la adormece. Quizá es cierto que los poetas portan, portamos, el último fuego de este mundo y regocija mirar cómo se apaga. 

Me quedo, finalmente, con la idea de dar cuenta de las realidades más humildes con las palabras más humildes, que es lo que hay que hacer cuando el lenguaje se vuelve técnico, sofisticado o de moda. Los devenires y los rizomas no son nada ante los crisantemos y los rieles. Que pasen las horas, que pase el tren, que pase el tiempo, que el poema quede. 

Termino calcando al poeta: “Releo este trabajo, como de costumbre me siento disconforme de él, pero hemos llegado a un fin y eso no carece de importancia” (Trilce N°14).


[1] También en Aisthesis, Santiago, Nº 5, 1970, pp. 279-284; en Antología de la poesía chilena contemporánea, Alfonso Calderón (comp.), Universitaria, 1971, pp. 351-359 y en Muertes y Maravillas, Universitaria, 1971.

*Por Gastón Carrasco es académico de la Escuela de Literatura de la Universidad Finis Terrae. Es Escritor, poeta y editor. Correo: gcarrasco@uft.cl

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