Por Marcela Escobar*

Cuando conocí personalmente a Sergio Gómez, ya lo conocía. Era uno de esos escritores a los que su trayectoria le antecede: fue el creador, junto a Alberto Fuguet, de la Zona de Contacto, el semillero de nuevos escritores que surgió al alero de El Mercurio en los noventas y fue socio del mismo Fuguet en la antología McOndo. Autor de libros como Vidas ejemplares y Adiós, Carlos Marx, nos vemos en el cielo; y también, en un camino más anónimo, trabajó como editor. Un escritor que editaba a otros escritores y que, con la generosidad que tienen esos pocos que ejercen el doble juego (escribir lo propio y editar lo ajeno), se había ganado el respeto y la admiración de sus autores.
Así que, cuando lo visité en su casa en plan familiar, almuerzo, su Julieta muy pequeña, su hospitalidad inmensa, la conversación fluyó, del algún modo, como si ya fuéramos viejos amigos. Luego lo vi muchas veces en las trastiendas de lanzamientos de libros, festivales literarios y chimuchina editorial, y no menos veces en la calle, donde el azar solía juntarnos. Siempre supe en qué estaba, porque es muy pequeño el circuito del libro en Chile.
Hace un tiempo y en un plano muy informal y liviano, comenzamos a comentarnos los libros que leíamos a través de Facebook. Nos dábamos like a esas reseñas modestas que subíamos a la red y a veces el uno o el otro agregaba algo sobre lo que le pareció la trama, un antecedente sobre el autor, una mirada distinta a la expuesta, todo escrito con mucha informalidad y ñoñería.
Hace tres años Sergio me escribió justo cuando yo dejaba un cargo editorial de primera línea. Él había enviado sus manuscritos a algunas editoriales, novelas de registro adulto, me contó, pero solo recibió como respuesta “un silencio de cementerios”. “Quizás puedas aconsejarme o desaconsejarme. No sé a quién dirigirme. ¿Quién crees que pueda darme alguna respuesta, o es inútil intentarlo?”.
He omitido un dato importante que ahora sirve de contexto para ese silencio de cementerios que recibió Sergio. En 1999, Gómez publicaba el primer título de lo que luego sería una saga de cinco novelas juveniles protagonizadas por Quique Hache, un detective amateur de quince años. Quique Hache y sus aventuras se incorporaron rápidamente al plan lector de los colegios, lo que convirtió a estas novelas en un éxito editorial.
“Quiero volver a las novelas para adultos, pero parece que nadie me quiere pescar si no es por novelas infantiles”, me escribió esa vez. Yo no quise explayarme mucho, pero al final le contesté como si le hablara a uno de mis autores, porque sabía que Sergio iba a entender los confusos criterios que tiene la industria editorial para evaluar manuscritos. “Quique Hache ha hecho lo suyo”, le respondí, “lo maravilloso de convertirte en un clásico, pero lo complejo de instalarte en un escenario que, lo sé, no es lo único que escribes”.
Estaba hablándole no al colega editor, sino que al autor. Y sabía que entendería mis argumentos, porque él recorrió ambas veredas, la de la escritura y la de la edición de libros.
Cuando un editor evalúa un manuscrito para publicarlo, aplica diversos criterios de selección. La calidad de la escritura es solo uno de ellos. El editor se mueve principalmente entre dos juicios que no siempre llevan al mismo camino: una mirada cualitativa de la obra, en la que nos preguntamos si está bien escrita, si la trama se sostiene, si sus personajes son atractivos. Si es una obra cautivante, a fin de cuentas, un texto por el cual apostar.
Y existe otro juicio, más radical y probablemente menos justo: la evaluación cuantitativa, la perspectiva económica, la oportunidad comercial de continuar con un autor facturando cientos de miles de pesos por un registro que ya funciona, o atreverse a probar otro o, mayor riesgo todavía, devolverlo a un registro anterior que no fue económicamente tan exitoso.
En ambos casos, anticiparse al éxito de ventas de un título es un mero vaticinio. No tenemos seguridad de que el libro sea del gusto de los lectores hasta que el libro funciona, y ese éxito puede ser inmediato o demorar meses. La presión por las ventas no suele dar mucho tiempo para esperar que un libro triunfe. Tampoco un editor sabe a ciencia cierta si un autor que vendió muchos ejemplares de una de sus obras seguirá haciéndolo con las siguientes. La métrica y los algoritmos predicen probabilidades, no certezas. Y la incertidumbre siempre estará en el horizonte editorial.
Me atreví a decirle a Sergio qué era lo que sucedía con sus manuscritos de novelas adultas. Eran derrotadas por la promesa de Quique Hache, un personaje que Sergio Gómez había dejado de publicar en 2020 pero que continuaba muy presente en las listas de lectura obligatoria de los colegios y, por tanto, seguía editándose, imprimiéndose, distribuyéndose en las librerías a lo largo de Chile.
Quique Hache se había convertido en una trampa. Una jaula de papel en la que no era posible que entrara otra idea porque las editoriales querían más del detective adolescente. Era eso lo que funcionaba. Había números.
No sabremos, no lo supo Sergio, qué era lo que faltaba en esas novelas adultas que envió y por las que no recibió respuesta: “En realidad, las relaciones editoriales me cuestan. Pensé en todo lo que me comentaste. Uno de los asuntos que me resulta incomprensible es el temor para responder. Voy a atribuirlo entonces a esas incomprensibles formalidades que nadie quiere asumir”.
Para ningún editor nunca es fácil sostener este tipo de conversaciones con los autores, menos con aquellos que tienen una trayectoria y a los que hay que decirles que no, “pero tu novela es excelente”. Resulta una conversación contradictoria y los argumentos, poco sólidos.
Luego de dejar de publicar a Quique Hache en 2020, Sergio Gómez publicó la novela policial Por esta calle pasan entierros, editada por LOM. Desconozco si ese era el manuscrito que él presentó a otras editoriales antes de escribirme, en diciembre de 2023. En 2024, como parte del festival de novela negra Santiago Negro, Sergio recibió un galardón que reconocía su aporte a la novela de género. Fue un homenaje merecido, como son todos los que se han escrito en estos días posteriores a su muerte, el lunes 9 de marzo recién pasado. Lo que viene, quizás, es mirar de nuevo lo escrito por Sergio Gómez más allá de Quique Hache, y revisar su figura como un aporte crucial para la edición y la literatura chilena en los años noventa y en las generaciones que vinieron después. Esos que ocuparon los espacios que gente como él, un profesor de Castellano nacido en Temuco, que estudió en Concepción, que se exilió un rato en Argentina, que volvió a terminar sus estudios, que se radicó en Santiago en los 90 y que sobrevivió varias veces a los silencios editoriales de una manera, también, silenciosa, contenida, sureña y digna. Tras su muerte, nos queda a los editores la reflexión sobre cómo responderle a un escritor cuando un manuscrito no es publicable, por la razón que sea, y que ese silencio no los deje suspendidos en la duda, como le ocurrió a Sergio.
*Marcela Escobar es editora y académica de la Escuela de Literatura de la Universidad Finis Terrae. Correo: mescobarq@uft.edu
