Por Francisca Carrasco*

En el marco de la Ceremonia de titulación de la Escuela de Literatura y la Escuela de Historia, Francisca Carrasco, titulada de la generación, nos deja estas emotivas reflexiones finales.
Muchos de nosotros, si es que no todos, llegamos a esta carrera creyendo que estudiar literatura era amar los libros. Y sí, los amamos, pero muy pronto descubrimos que la literatura no se deja amar sin resistencia. Nos exige tiempo, atención, incomodidad, relectura, silencio. Nos exige aprender a no entender de inmediato. Debes detenerte, buscar el significado de esa palabra, no puedes continuar sin ella. Subrayar, marcar la página, preguntarle a otro si entendió o al menos sintió lo mismo que tú.
La literatura nos exige adaptabilidad. Durante estos años nos cruzamos con muchísimas voces que no eran las nuestras: voces de otros cuerpos, pertenecientes a otros siglos, otras lenguas, otras culturas, con otras heridas y distintas motivaciones. Leímos indiscriminadamente a quienes escribieron desde el exilio, desde la cárcel, desde el margen, desde la rabia o desde una lucidez dolorosa.
Estudiar Literatura no significó únicamente acercarse a estos textos, ni tampoco adquirir un saber en particular. Supuso, sobre todo, entrar en una relación distinta con el lenguaje y con el tiempo. Leer con atención, escribir con cuidado, pensar junto con otros: prácticas que exigen demora, repetición y paciencia (y que difícilmente se ajustan a los ritmos de productividad que organizan buena parte de la vida contemporánea). En ese sentido, la literatura nos obligó a desacelerar, a volver sobre lo ya leído, a aceptar que comprender no es un acto inmediato.
Este aprendizaje tuvo, inevitablemente, efectos que exceden el ámbito académico. La atención puesta en el lenguaje se trasladó a la forma en que escuchamos los discursos que circulan cotidianamente, a la manera en que entendemos los relatos públicos y privados y a la conciencia de que toda forma de decir implica una toma de posición. Aprender a leer fue también aprender a detectar simplificaciones, omisiones y énfasis, y a entender que el sentido nunca está dado de una sola vez y para siempre.
A lo largo de la carrera apareció de manera recurrente, imagino que en todos ustedes y quizás hasta en todos nosotros, una pregunta difícil de eludir: ¿cuál es la utilidad de todo esto? La pregunta no es ajena al contexto en el que se inscribe nuestra formación universitaria, un contexto que valora el conocimiento en función de su aplicación inmediata y de su capacidad para producir resultados medibles. Frente a esa lógica, la literatura parece, a primera vista, una práctica prescindible. Sin embargo, esa aparente inutilidad es precisamente uno de sus rasgos más significativos y por eso quiero referirme a él.
Debido a esta pregunta, pronto nos enseñaron que la literatura no sirve en este sentido de inmediatez. Si no me falla la memoria, lo aprendimos en primer año, leyendo a Nuccio Órdine, profesor y escritor italiano que nos enfrentó a un problema. Lo cito: “En el universo del utilitarismo, en efecto, un martillo vale más que una sinfonía, un cuchillo más que una poesía, una llave inglesa más que un cuadro: porque es fácil hacerse cargo de la eficacia de un utensilio mientras que cada vez resulta más difícil entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte (…) Entonces, ¿para qué gastar dinero en un ámbito condenado a no generar beneficios? ¿por qué destinar fondos a saberes que no aportan un rápido y tangible rendimiento económico?”.

Así entendimos que hay saberes cuyo valor no reside en solo su rendimiento, sino en su capacidad para sostener la memoria, para complejizar nuestra forma de mirar el mundo y para resistir la reducción de la experiencia al cálculo. Cuando lo gratuito desaparece y todo debe justificarse por su utilidad, lo que se pierde no es solo una tradición, sino una forma de relación con el mundo y con los otros.
Independientemente de cada personalidad, entre mis compañeros presentes, hay un montón de mentes creativas. Son, cada uno a su manera, verdaderos artistas. Lo he visto en el compromiso de Pilar con sus novelas, en los poemas que escribe la Dei y solo algunos hemos podido mirar, en el placer por leer de la Taba, en la desenvoltura del Pato cuando habla en público, en los datos curiosos de la Coni, en el perfeccionismo de la Ale cuando se trata de edición, en la música del Gabo, en la música del Santiago, y así mismo la lista podría continuar.
Creo firmemente, y lo he visto reflejado en las personas que esta carrera me ha permitido conocer, en que nuestra formación en Literatura ha construído, por sobre todo, sensibilidad. Y la sensibilidad no es un lujo, menos en los tiempos que corren: es una necesidad.
Es una condición necesaria para cualquier proyecto que aspire a ser verdaderamente humano. No así el martillo. No así el cuchillo. No así la llave inglesa.
En un mundo que simplifica, la literatura siempre complejiza.
En un mundo que solo grita, la literatura escucha.
En un mundo que rápidamente olvida, la literatura insiste.
Hoy, cuando se nos pide ser solo productivos, eficientes y funcionales, haber elegido la literatura fue, quizás sin saberlo, un pequeño gesto de desobediencia. Un camino que todos aquí decidimos llevar hasta el final.
Espero de todo corazón que estas herramientas nos lleven, a mi y mis compañeros, hacia el éxito y la felicidad.
Para finalizar, quisiera, en nombre de mis compañeros y compañeras, agradecer a quienes sostuvieron este proceso, desde dentro y desde fuera de la universidad. Gracias a los profesores y profesoras que durante estos años acompañaron nuestro trabajo. A aquellos que nos enseñaron, con la mayor de las sensibilidades, que nuestras preguntas no eran falta de comprensión, sino una forma legítima de pensar. A quienes nos exigieron precisión conceptual y cuidado con el lenguaje. A quienes incluso nos enseñaron, nuevamente, a leer.
Gracias por tomarse en serio nuestro esfuerzo.
Por otro lado, agradezco a cada una de las familias y amistades aquí presentes. Gracias porque quizá no siempre entendieron lo que hacíamos, pero decidieron confiar.
Aprovechando, entonces, que se me dió la linda oportunidad de hablar desde este lugar, quisiera agradecer de manera especial a quienes me acompañaron. A mi mamá, por mostrarme el amor por los libros. A mi papá, por enseñarme que con esfuerzo puedo conseguirlo todo. Y a mi hermanas, que siguen mis pasos y por lo mismo son un motivo para no rendirme nunca. Este logro también es de ustedes.
Muchas gracias.
*Francisca Carrasco es Licenciada en Literatura, mención edición editorial, de la Escuela de Literatura de la Universidad Finis Terrae. Correo: fcarrascos@uft.edu
