Tu mamá es la lluvia de Belén Fernández Llanos

Por Muriel Zapata*

Belén Fernández Llanos (Santiago, 1986) es una escritora e historiadora egresada de la Universidad de Chile, además de profesora de Historia, tallerista y trabajadora del ámbito bibliotecario. De alguna forma, estos oficios han afinado su mirada sobre la memoria íntima y los archivos cotidianos. Su práctica como bibliotecaria —en la Biblioteca de Purranque— y su labor formativa en talleres de escritura refuerzan un horizonte de trabajo en la que la literatura dialoga con lo social: archivo, cuidado, escucha y comunidad se vuelven núcleos de sentido que se transforman en relatos de alta tensión ética y afectiva. Su novela debut, Ella estuvo entre nosotros (Overol, 2019), combina la crónica y la ficción para narrar la enfermedad y la muerte de una madre desde la experiencia de una hija, y consolidó una voz de registro íntimo que problematiza el duelo y los vínculos filiales. Asimismo, en 2025, Fernández Llanos publica Tu mamá es la lluvia, una novela en donde la autora desplaza su interés por la memoria hacia la pregunta por el origen y la maternidad, abordando de forma directa el entramado de las adopciones irregulares en Chile y sus consecuencias simbólicas y materiales. 

Tu mamá es la lluvia narra la historia de Marina y Melina, madre e hija unidas por un origen marcado por la irregularidad y el secreto. Marina, trabajadora social de cuarenta años, frustrada tras múltiples intentos fallidos por adoptar legalmente, decide junto a su amiga Sol sustraer a la hija recién nacida de Claudia González, una joven madre pobre atendida en el hospital donde ambas trabajan. Ese día lluvioso de 1993 nace Melina, a quien Marina, en su necesidad y deseo, siente como propia. Abrumada por la culpa y la certeza de lo ilícito de su decisión, Marina abandona su vida anterior y se traslada con la niña a Pueblo de Piedra, en el sur de Chile. Desde allí, la novela sigue el crecimiento de Melina y el vínculo que ambas construyen, un lazo atravesado por sospechas, silencios y contenciones, pero también por preguntas insistentes sobre el origen, la identidad y la posibilidad de un amor materno sostenido en la sombra de una falta inaugural. Además de esta trama literaria, la obra incorpora fragmentos de archivos y testimonios que funcionan como expedientes, dando cuenta de las voces de madres que sufrieron la sustracción de sus hijos en el marco de las adopciones irregulares en Chile, lo que refuerza el cruce entre ficción y memoria histórica.

Con estos antecedentes, es posible decir que Fernández Llanos confirma la línea que ha venido trazando desde su primera novela: una escritura íntima, inquieta y atenta a los pliegues de la memoria. Si en Ella estuvo entre nosotros se aproximaba al duelo desde la voz de una hija, en esta novela se adentra en las zonas turbias del origen y la maternidad a través de una historia que confronta al lector con un conflicto ético y social aún abierto en Chile: las adopciones irregulares. 

Uno de los ejes más potentes de la novela es la maternidad entendida no como un espacio de pureza o sacrificio idealizado, sino como un territorio atravesado por tensiones, culpas y deseos contradictorios. Marina encarna el anhelo desesperado de ser madre, pero también la violencia que puede esconderse tras ese deseo cuando se ejerce desde una posición de poder. La maternidad aquí no se celebra ni se condena: se complica, se muestra en toda su ambigüedad, como un vínculo capaz de sostener tanto la ternura como la negación del otro. Aquello se refleja al momento en que, mientras Marina se encontraba de compras con Melina por su atuendo de cumpleaños, las discrepancias entre ambas representan la frustración de una madre descrito como “Un ardor, algo que le quemó en la boca del estómago fue lo que sintió Mari […] soñar con su niña en un vestido lindo, con unas pantis lindas, con unos zapatos lindos y no, no a eso, pero sobre todo no a su deseo, a sus expectativas, a su idea de mundo” (110). 

A este núcleo se suma la reflexión sobre el origen y la identidad. La historia de Melina, arrancada de su madre biológica y criada en un entorno de secretos, pone en evidencia cómo el origen nunca es un dato estable, sino una narrativa que se construye, se encubre o se disputa. Esta particularidad se desarrolla más allá de la mentira bien orquestada de Marina, sino más bien en las expectativas de la madre hacia su hija y su ansiada maternidad; todo lo que soñó se desmorona al momento de Melina no ser lo que ella espera, reflejándose esto ya cuando se vuelve adulta y reflexiona la relación con su madre diciendo “Ser un eco suyo, el verso de su nombre, eso me estaba pidiendo y yo le dije que no” (134). En ese sentido, la novela abre una pregunta que excede lo individual: ¿hasta qué punto la identidad de una persona puede sostenerse sobre silencios, mentiras y falsas expectativas?

Finalmente, el tema de la culpa recorre la narración como un hilo invisible. Marina, pese a su decisión, nunca logra habitar por completo su rol de madre: el recuerdo de lo ilícito la persigue y marca la relación con Melina. El sentimiento de persecución constante que siente Marina queda demostrado cada vez que recortaba las cartas con su amiga Sol esperando que también su memoria se fuera fragmentando (61) o bien, cuando veía a Claudia González en las personas de Pueblo de Piedra, en las noches, o incluso la vez que pensó que Melina hablaba con ella en forma de fantasma. Todo aquello es una muestra inconsciente de su arrepentimiento, puesto que la misma Marina lo expresa de la siguiente manera: 

Marina no necesitó más para convencerse de que Claudia González estaba cerca. Se quedó con ese dato porque así era ella: tomaba algo para completar su asunto —su familia, su vida, el sentido de las cosas— y no lo soltaba hasta encajarlo en su puzle de piezas rotas. Los fantasmas no existen, el arrepentimiento sí… (Fernández Llanos 102).

Esa culpa individual que siente el personaje de Marina, sin embargo, no puede pensarse al margen de una culpa colectiva: la de un país en el que, durante décadas, se naturalizó la sustracción de hijos a mujeres pobres en nombre de un orden social y moral. De ahí que los archivos y testimonios que acompañan la ficción no funcionen solo como complemento, sino como una acusación directa, una manera de devolverle voz a quienes fueron silenciadas.

Ese gesto narrativo es, al mismo tiempo, un gesto político. Al entrelazar la historia de Marina y Melina con voces reales de madres que perdieron a sus hijos, Tu mamá es la lluvia se inscribe en un campo literario que entiende la ficción como un lugar de memoria y denuncia. La elección de situar la trama en un pequeño pueblo del sur no solo refuerza la atmósfera melancólica y la sensación de aislamiento, sino que también desplaza la mirada desde la capital hacia territorios donde la precariedad y la vulnerabilidad social se hacen más visibles. En este cruce entre estilo y contenido, la obra interpela directamente al lector: obliga a pensar en la complicidad institucional y cultural que permitió las adopciones irregulares, al mismo tiempo que revela cómo esas marcas históricas se inscriben en los afectos más íntimos, como la relación entre una madre y una hija.

En definitiva, Tu mamá es la lluvia se erige como una novela significativa dentro de la narrativa chilena reciente, no solo por la fuerza de su trama íntima, sino también por la valentía de tocar una herida social que aún no termina de cerrarse. Belén Fernández Llanos consigue articular un relato que se mueve entre lo poético y lo documental, entre la ternura y la violencia, y que obliga al lector a interrogarse sobre el sentido de la maternidad, la fragilidad de los orígenes y la persistencia de la culpa, lo que deja con interrogantes tales como: ¿de qué manera un país se hace cargo de las vidas arrancadas en nombre de un orden social? O bien ¿qué significa crecer sabiendo que el origen es, en parte, una ficción? Con ello, la novela se afirma como una pieza que enlaza la memoria colectiva con los dilemas íntimos y políticos que aún atraviesan nuestro presente, y nos permite reflexionar sobre aquellas madres que aún esperan una respuesta, y aquellas hijas que aún cuestionan su origen e identidad. 

*Muriel Zapata es estudiante de Licenciatura en Literatura de la Universidad Finis Terrae y la actual presidenta del Centro de Estudiantes de Literatura (CELIT). 

Correo: mzapatamoreno@uft.edu

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