Por Lissette Castro*

La obra de teatro Clase escrita por Guillermo Calderón y dirigida por María José Pizarro del Colectivo CTM, se encuentra disponible en el Teatro Mori Bellavista desde el 8 de agosto hasta el 13 de septiembre, en el marco de la celebración de los 20 años del teatro. El texto original fue estrenado el año 2008 y es reestrenado diecisiete años después, con algunas modificaciones, pero con la esencia de un relato que en absoluto ha perdido vigencia.
Clase se sitúa en 2011, en medio de las manifestaciones estudiantiles en Chile. En escena, solo tenemos a dos personajes: una estudiante de enseñanza media, protagonizada por Renata Lorca y un profesor, protagonizado por Vicente Almuna. La escenografía es mínima y estática; todo transcurre en una sala de clases, con mesas y sillas apiladas. Sin embargo, esto funciona a favor, ya que concentra la atención en la fuerza del texto y la interpretación de los artistas.

Inicialmente se ve a una estudiante —la única que asistió a clases—, ensayar su presentación del curso; es enérgica, habla rápidamente y de la misma forma se mueve por el espacio, una y otra vez. En contraste, tenemos al profesor, un hombre herido, sangrando y con una energía baja, pero una personalidad contradictoriamente fuerte. Su carácter además de reflejar su frustración y desencanto con la vida también trae conductas violentas y comentarios de connotación sexual, que tensionan la relación con la estudiante. Esto muestra que la ruptura generacional no es solamente ideológica, sino también de poder.
Lo que debería ser una clase se transforma en un espejo en el que se enfrentan dos fuerzas potentes: la esperanza de los jóvenes, quienes aún creen en la posibilidad de transformar el mundo, y por otro lado, el cansancio y la frustración de quienes alguna vez también soñaron con lo mismo, pero fueron atrapados por el capitalismo o corrompidos por el sistema. Clase aún cumple con incomodar y nos recuerda que la herida generacional sigue abierta.
El guion avanza con agilidad; en escena todo sucede al instante, rápido, casi como improvisado. Esta aceleración crea una atmósfera que muchas veces ahoga, incomoda y remueve. Sin embargo, esta velocidad y el constante ping-pong de ideas, también es algo confuso. El profesor salta de un tema a otro con frases breves, que más que invitar a la reflexión, dejan con la sensación de vacío en el diálogo. Aun así, esa misma agilidad contribuye a entender la intensidad del conflicto generacional.
El profesor encarna la figura adulta pesimista que, desde su experiencia intenta “aterrizar” a la joven con consejos de vida, pero también banales. La pizarra funciona como un recordatorio de la vida del profesor; sin embargo, la proyección de las frases con la actriz simulando que las escribe, rompe ligeramente con la seriedad del montaje.


Por otro lado, la propuesta de un texto sin filtros, crudo e incómodo nos recuerda que las luchas sociales son cíclicas y que la esperanza juvenil choca contra los muros del sistema. El montaje logra desencajar porque muestra con crudeza cómo la ilusión juvenil se transforma en desencanto adulto. Su vigencia radica en advertirnos que mientras las estructuras de poder permanezcan intactas, la esperanza juvenil continuará enfrentándose al desgaste de la adultez.
Clase no sólo revive un momento clave de nuestra historia, sino que también nos confronta con una realidad incómoda: los sueños que heredamos y solemos dejarlos morir en el camino porque el sistema lo quiere así. En ese choque entre la esperanza juvenil y el desencanto adulto se revela una herida que, en lugar de cerrarse, parece seguir intacta en nuestra nueva generación.
*Lissette Castro es Estudiante de Literatura de la Escuela de Literatura de la Universidad Finis Terrae y tiene estudios de teatro.
Contacto:lcastron@uft.edu
