Berta: cuando la cuarta pared se rompe entre cuatro paredes

Por Lisette Castro*

La compañía de teatro La Ropa Sucia, bajo la dirección de Valentina Lippi Venegas, presenta Berta, una producción teatral que también es una invitación a celebrar el cumpleaños 90 de Berta, una anciana que no ha sido visitada por sus hijos en los últimos 5 años. Esta obra subvierte el formato teatral tradicional y lo convierte en una vivencia sensorial, emocional y profundamente humana. Con una puesta en escena inmersiva y un guion que aborda el abandono en la vejez desde múltiples aristas, Berta cuenta una historia, pero también la comparte y la vive con el público. 

Valentina Lippi Venegas es directora, docente, performer y actriz chilena. Es la fundadora del Colectivo Vinario y la Compañía La Ropa Sucia. Sus direcciones fusionan diversas disciplinas artísticas, lo que produce experiencias novedosas que exploran temas como los límites del cuerpo y la memoria colectiva. Lippi, posee un estilo original e interesante, que se encuentra principalmente enfocado en la exploración de la vulnerabilidad humana y el uso del espacio en la narrativa teatral. El estilo de Lippi explora profundamente la conexión entre lo físico y emocional, los actores, la escena y el público. De esta manera, Berta es una producción que encarna todo esto con mucha fuerza. 

Berta, es una propuesta escénica inmersiva, es decir: una experiencia teatral en la que el público participa activamente en la obra, lo que los convierte en partícipes de la historia y el espacio. Este tipo de obras no se dan en espacios convencionales, Berta no sucede en una sala de teatro, la acción no ocurre en un escenario. Todo pasa en las cuatro paredes del living de la casa de la protagonista. La experiencia comienza antes de entrar a la casa, ya que uno de los personajes de la obra aparece en la entrada, le pregunta a los asistentes si vienen al cumpleaños de su tía y los invita a pasar. Esta aparición inesperada, hace que la línea entre realidad y ficción sea difusa. No hay un indicio de que quien llega y pregunta es parte del elenco, de hecho, uno de los comentarios que escuché en ese momento fue: “no había cachado, creí que andaba media perdida”. Entonces, el planteamiento directo, además de ser inicialmente confuso, genera una atmósfera cotidiana y cercana. 

Esta obra cuenta y te invita a vivir la dinámica de una familia disfuncional, marcada por heridas, rechazo, abandono y desinterés. Cada personaje tiene su historia que poco a poco se revela. Nada sucede porque sí, los personajes, sus personalidades y su vinculación con los otros, son la consecuencia de sus complejos pasados. 

El elenco de la obra es conformado por Valentina Lippi Venegas quien da vida a Berta, Javiera Mahowski es Adriana (hermana de Berta), Sol Dugatkin es Dominga Ugarte (nieta de Berta), Alejandro Lucares es Gustavo Ugarte (padre de Dominga e hijo de Berta), Valentina Fuenzalida es Leonor de Ugarte (madre de Dominga), Habib De La Jara es Juan Pablo Ugarte (hijo de Berta), Javiera Canales es Scarlett (hija adoptiva de Adriana y nieta de Berta) y los espectadores.  

En la obra, nada parece ficción. Al ser espectador y encontrarte dentro del desarrollo, permite que se genere algo muy valioso: una escena que fluye casi de forma natural, una vinculación cercana con los personajes y el resto del público. En Berta, realmente vives un cumpleaños: ayudas a Scarlett a ordenar y decorar, grabas videos con Domi, hablas de la vida con Adriana, te ríes de (o con) Leonor, etc. mientras comparten picadillo, toman vino, agua o jugo. Los personajes y el público juegan, se toman fotos, colocan música, bailan y comparten tal y como sucedería en cualquier cumpleaños.

Dominga, la nieta de Berta, introduce una energía distinta, ya que es youtuber, fanática de los ovnis, de la astrofísica y muy curiosa. Su personaje es espontáneo, emocionalmente cambiante y con un vínculo directo con el público. Ella los filma, les conversa, les pide ayuda y les ofrece comida. Esta interacción constante rompe la cuarta pared sin necesidad de forzarla. Dominga es una figura entrañable y excéntrica a la vez, que aporta humor, dinamismo y una visión interesante del mundo adulto que la rodea.  Por otro lado, su madre Leonor es un personaje superficial que vive de las apariencias. Es algo irritante y cómico. Tiene una relación distante con su hija, aunque intenta demostrar lo contrario, pero constantemente la invalida e infantiliza.

El trabajo de Javiera Mahowski como Adriana, destaca sin duda alguna, ya que da vida a una anciana que, a pesar de ser interpretada por una actriz joven, resulta completamente verosímil. Sus gestos, tono de voz, maquillaje y lenguaje cotidiano como: “yo a usted le cambié los pañales…”, “tanto tiempo vecina” con el público, hacen que la construcción del personaje sea de gran cercanía, lo que refleja realmente a una mujer mayor. 

Juan Pablo es un personaje curioso e intrigante. Su aparición es inesperada, nadie lo mencionó antes, como si nadie lo esperara. Además, poco a poco se revelan elementos claves que ayudan a comprender este personaje. Su madre lo rechaza por ser homosexual, y eso es lo que genera esta resistencia y distancia emocional característica del personaje. Juan Pablo inicialmente se presenta como “insoportable”, pero es algo forzado, porque luego se deja ver mucho más vulnerable y humano. En cambio, a Gustavo (su hermano) siempre lo esperaron. Su presencia tensiona el ambiente, es un personaje autoritario y moralista. 

Por otro lado, Scarlett tiene un rol más distante. Si bien su presencia es constante, su desarrollo se siente aislado respecto a las demás tramas. No parece participar activamente en los conflictos familiares, hasta que Gustavo llega a la casa y todo explota. Es un personaje inicialmente silencioso, que pasa bastante desapercibido, sin embargo, es quien guía el conflicto final.

La casa de Berta es uno de los elementos más potentes de la obra. El uso de un espacio real (una casa en vez de escenografía teatral) construye una atmósfera íntima. Cada objeto y rincón te cuentan un poco del pasado y el presente de esta familia. 

Como sabemos, lo que convoca a esta reunión es la celebración del cumpleaños de Berta, quien no aparece hasta el final. La ausencia de Berta es una forma de presencia; todos están ahí por ella, todos hablan de ella, todo se mueve en torno a su figura. Cuando Berta aparece, el ambiente se tensiona, personajes como Leonor y Juan Pablo, adquieren un nuevo “papel”, se vuelven más amables, complacientes, como queriendo aparentar frente a ella. ¿Y cómo no? ¡Hace 5 años que sus hijos no la visitaban! Asistieron a su cumpleaños 90 solo porque se leería la escritura de la casa. Berta sentada en su silla de ruedas no dice una palabra, no hace más que mover sus ojos y respirar. 

El conflicto final, en el que toda la casa grita y pelea (incluso algunas personas del público intervienen) es una imagen fuerte, ya que vives la disfuncionalidad de una familia desde afuera, pero también desde muy cerca. Todo está cuidadosamente planeado, pero la inmersión genera la sensación de que no fuese así, de que todo es una reacción orgánica. Esa es quizás la mayor virtud de la obra, nos hace sentir que no observamos una representación, sino que presenciamos una verdad incómoda, dolorosa y muy humana. 

Berta es una obra que trasciende el formato teatral convencional. Con una dramaturgia íntima, actuaciones verosímiles y un uso completamente innovador del espacio que rompe con toda convención. La obra de Valentina Lippi Venegas construye una experiencia escénica que toca fibras profundas, y nos confronta con las heridas familiares, el abandono, la incomodidad de la vejez y el peso del pasado. Berta no se limita a ser observada, interpela, incomoda y obliga a habitar sus silencios y tensiones. Por eso, Berta en absoluto es una obra que se va a ver, es una obra que se vive.

*Lisette Castro es estudiante de Licenciatura en Literatura de la Universidad Finis Terrae. Correo: lcastron@uft.edu

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