Por Matías Saá*

Soy Harold es uno de esos libros que, como su autora dice, parecen escritos sin tiempo. Un diario sin fechas, pero lleno de momentos; una bitácora breve, fragmentaria y precisa que no narra tanto eventos como sensaciones: instantes suspendidos que se traducen en palabras con una economía que roza la poesía. La escritura de Daniela Demarziani es una búsqueda íntima, una manera de poner en palabras lo mínimo: el temblor de una emoción, el eco de una lectura, la fugacidad de una ciudad que se deja atrás pero nunca se abandona del todo.
Este libro llegó a mis manos casi por accidente, como suelen llegar las cosas que marcan. Lo primero que me llamó fue la portada —diseñada por Daniela Escobar, de Overol—, pero lo que me retuvo fue el nombre en la contraportada: Ricardo Piglia. Demarziani había trabajado con él. No como alumna en una sala de clases, sino codo a codo, leyendo en voz alta, asistiendo a su escritura, habitando su ritmo. Y esto me pareció extraño, porque los escritores trabajan solo, se supone. Pero no; Demarziani nos deja en claro en esta novela que la escritura no es un acto individual, sino que colectivo. Esa experiencia, contada en una entrevista tan generosa como lúcida, ayuda a comprender algo esencial: Soy Harold no es solo un diario; es una meditación sobre el acto mismo de escribir, traducir y acompañar.
La figura de Harold Norse —poeta beat, místico del exceso y del derrumbe— funciona aquí como intertexto vital, como eco que resuena en las páginas y en la sensibilidad de la autora, como en la traducción de un poema precioso de Norse: “No les recomiendo el amor”.
NO LES RECOMIENDO EL AMOR
sentí la cabeza atravesada
por una corona de espinas pero bromeé y anduve en subte
y me escabullí en baños de escuela para masturbarme
y escribí en secreto
sobre el infierno adolescente
porque yo era «distinto»
el primero y último de mi especie
sensaciones asfixiantes agudas
en piscinas y vestuarios
adicto a los labios y a los genitales
loco por los culos
que Whitman y Lorca
y Catulo y Marlowe
y Miguel Ángel
y Sócrates admiraban
y escribí: Amigos,
si desean seguir con vida
no les recomiendo
el Amor.
Norse no es solo el referente del título; es un espíritu tutelar, un poeta a contraluz que la narradora descubre, lee, recita, traduce y vive. Su Hotel Nirvana aparece como detonante y reflejo: es un poema que se infiltra, que la transforma, que deja huellas. En ese cruce entre el oficio de traducir y la lectura como experiencia existencial, Demarziani encuentra su voz.
Pero Soy Harold no solo es una carta de amor a la literatura. Es también —y quizás sobre todo— una carta de despedida a Buenos Aires. Una Buenos Aires neurótica, entrañable, imposible, que palpita entre las líneas del diario como un personaje más. La ciudad está ahí, en la nostalgia, en la migración, en el contraste con Madrid, donde la autora reside mientras escribe. Escribir sobre Buenos Aires sabiendo que se va es escribir con el corazón partido: con la urgencia de retener algo que ya se escapa.
En sus entradas breves, a veces apenas viñetas, otras veces reflexiones sobre Kafka, Barthes o Laura Wittner, Demarziani encuentra una forma de resistencia: una forma de traducir lo inasible. Hay algo profundamente honesto en su modo de narrar: no hay impostura, no hay solemnidad, solo una voluntad de entender el mundo desde lo que se lee, desde lo que se traduce, desde lo que se pierde. Porque si el diario es una caja de herramientas para el escritor, como ella misma dice, este libro es también una invitación a mirar con atención, a detenerse en lo pequeño, a entender que escribir —como vivir— es, en el fondo, un ejercicio de traducción constante.
Soy Harold no es una novela ni un ensayo sistemático. Es, más bien, un objeto delicado y vital, que se mueve entre géneros con la misma libertad con la que su autora atraviesa lecturas, ciudades y lenguas. Es un libro que no grita, pero permanece. Que se lee rápido, pero se recuerda mucho tiempo. Que no quiere enseñar nada, pero lo deja todo.
Una joya inesperada de la literatura contemporánea latinoamericana, publicada en Chile por Overol, pero escrita desde muchas orillas. Desde el amor por los libros, desde el dolor del exilio, desde el deseo de seguir escribiendo —aunque no se sepa muy bien cómo ni para qué. Porque, como decía Piglia, y como Daniela parece haber entendido mejor que nadie, escribir es, en el fondo, una forma de vivir.
*Matías Saa es Estudiante de Literatura en la Universidad Alberto Hurtado. Colabora en diversos medios y actualmente trabaja en el Centro Arte Alameda.
