Por Matías Saa*

Natalie Israyy: «Migrar no debería verse como una amenaza creativa. Se escribe desde donde se siente. Quedarse permite conocer el espacio como se conoce un olor; y eso puede ser bueno».
Desde la cordillera del Aconcagua hasta las aguas del archipiélago Juan Fernández, la trayectoria de Natalie Israyy ha sido siempre una de desplazamientos, de entradas y salidas, de escribir desde márgenes que no por periféricos dejan de ser profundamente fértiles. Aunque no se reconoce como una autora “localista”, su escritura—como ocurre en Toma de muestras o Apócrifa—resuena con la textura de los territorios que habita, incluso cuando los problematiza, cuando les guarda distancia o cuando los evoca desde otra ciudad, desde otro clima, desde otro cuerpo.
En esta entrevista, Israyy reflexiona sobre su relación ambivalente con San Felipe—una ciudad que, tras años de incomodidad y dolor, ha ido poco a poco reformulándose para ella como un espacio posible, una casa en disputa. Habla también del lugar del paisaje en su literatura, de la escena cultural aconcagüina, de la necesidad del trabajo colectivo en las prácticas artísticas, del síndrome del impostor y de cómo el movimiento—el migrar, el ir y venir, el escribir desde donde se siente—no es una amenaza sino una condición vital, casi ontológica.
La conversación se mueve con la misma honestidad y densidad reflexiva que atraviesan su obra, con un ojo atento a los detalles del entorno pero también a las preguntas mayores: ¿qué significa escribir desde una provincia? ¿Qué implica construir una voz literaria sin pertenecer del todo? ¿Cómo pensar la calidad, la centralidad, la circulación, sin caer en jerarquías impuestas? Entre la sensatez y la pasión por el oficio, Natalie Israyy comparte aquí un testimonio complejo y lúcido sobre el acto de crear en movimiento.
¿Qué representa San Felipe para ti a nivel personal y creativo, considerando que estudiaste y trabajaste allí?
A nivel creativo, tanto la ciudad de San Felipe como en general la zona del Valle de Aconcagua, en mi caso representan cierta calidez, en la medida en que lo asocio un poco al hogar. Esto, luego, se conecta con la parte personal de la pregunta. Llegué a vivir a esta ciudad cuando tenía alrededor de 13 años, en octavo básico, y, honestamente, fue bastante incómodo. Estaba en una edad complicada, me tocó dejar a mis compañeros de curso y amiges con los que había compartido desde segundo básico, allá en Copiapó, y también muchos de mis problemas relacionales con mis padres se agudizaron en ese periodo —la adole[aborre]scencia —. Luego vinieron relaciones amorosas bastante complicadas y entonces, durante un tiempo, San Felipe se convirtió en una ciudad que asocié al dolor, al sufrimiento. Sin embargo, con el pasar de los años he ido reformulando mi relación con el territorio y lo que representa para mí y para mi escritura, intentando reposicionar su valor como lugar-casa. Lamentablemente, no estoy tan metida en el medio literario local, ahí hago un mea culpa en la medida en que no he establecido ni fortalecido lazos. De esta manera, desconozco las formas en que todo el resto de colegas escribe, o si están haciendo ejercicios colectivos como talleres o clubes. Definitivamente, tengo que ponerme al día.
¿Cómo influyen los paisajes del Valle de Aconcagua en tu escritura, tanto en Toma de muestras como en Apócrifa?
En el caso del libro Toma de muestras –el que quiero reeditar, sacar cosas, mover algunas y corregir otras–, la montaña gana cierta presencia, aunque también hay harto de mar. Hay una cierta influencia en tanto la cordillera se vuelve inevitable: los cerros están por todos lados y el movimiento de los días y de los diferentes climas dan como resultado paisajes sobrecogedores. Toma de muestras lo escribí mayormente en Santiago, entre 2018 y 2019, en una época donde estuve malísima de salud mental. Lo terminé en San Felipe, en plena pandemia, un invierno muy frío y lluvioso. En Apócrifa creo que está la noción de provincia marcando el pulso, más que la idea de paisaje. En el caso de ese conjunto de relatos, siempre los pensé desde fuera de la capital. Hay un solo cuento que termina sucediendo en Santiago, pero la mayoría está asociada a la diversidad de las regiones, principalmente de los sectores interiores. Entonces, siendo San Felipe una ciudad “del interior”, y desde donde Apócrifa fue escrito en su totalidad, creo que tal signo se siente en el aura del libro.
En tu obra hay una mezcla de elementos biográficos y ficción. ¿Hubo experiencias específicas en San Felipe que se incorporaron en tus relatos o poemas?
Sí, hay varias historias que están influenciadas desde aquí, desde sucesos que —me — ocurrieron en San Felipe. Aunque no es tan evidente, en ese caso, ganó más el acontecimiento al ambiente o espacio narrativo. No me interesa tanto la cuestión localista, aunque sí considero importante que se siga escribiendo desde territorios diversos.
Como docente e investigadora de San Felipe, ¿sientes un vínculo con la escena cultural local? ¿Organizas o participas en actividades que fortalezcan la literatura de la región?
Participé en el centro de investigación Enclave Aconcagua, pero me retiré porque los tiempos con el doctorado no me estaban dando. También he compartido en un equipo de amiges artistas, con quienes hemos promovido actividades culturales, como, por ejemplo, el Festival Akunkawa Germina, iniciativa que desplegamos en dos ocasiones principales, con el interés de ofrecer al público local formatos variados de arte y cultura. En la actualidad contamos con la PJ, pero hemos estado medio ocupados con proyectos personales, priorizando las pegas que nos salen o los estudios. Básicamente, sobrevivir. Cada cierto tiempo nos reunimos para ver el modo en que podemos reactivar este grupo.
¿Qué significado tiene para ti formar parte de un proyecto colectivo en el Valle?
Significa que, hoy por hoy, la necesidad de hacer grupos y crear en colectivo es sumamente relevante. La idea del artista solitario es real, todes requerimos de esos momentos de introspección y trabajo intelectual personal, sin embargo, la clave también está en abrirnos y compartir ideas, creaciones, mostrar, retroalimentar desde el respeto y el cariño, fortalecer las formas de relación y los ejercicios de transdisciplina que al final nos permiten abrir horizontes, mirar más allá del foco unilateral y nutrir los proyectos.
¿Tienes pensado realizar lecturas, talleres o eventos literarios para vincular a nuevos escritores con espacios locales?
Sí, tengo pensado hacer cosas, pero por el momento también estoy intentado ser sensata y terminar bien la tesis doctoral. Lamentablemente, crear un taller requiere tiempo para poder hacer una programación, establecer objetivos, temporalidades, resultados, etc. Es un formato de trabajo que debe ser remunerado y, aunque soy docente, no estoy muy familiarizada con este ejercicio de enseñanza. Me da vergüenza, me siento patuda. Harto síndrome del impostor. Además, con mis amistades siempre hablamos de no fomentar la precarización de lxs agentes culturales y de quienes buscan enseñar o transmitir un conocimiento o técnica a otrxs. Y como mencionaba anteriormente, mala mía, no he establecido más redes de las que debiera, y ampliar esos contactos también es un trabajo que requiere tiempo y participación, pero si no tengo ese tiempo, no puedo empezar a sobre comprometerme y luego terminar fallando. Mi mantra hoy por hoy es vivir en la sensatez.

¿Cómo ves la escena literaria de Aconcagua en relación a las grandes ciudades? ¿Crees que desde ahí es posible construir una voz literaria propia, sin migrar?
Veo una escena literaria activa. Sé que Xilema ediciones hace un trabajo importante en la producción de obras literarias de autores locales, lo mismo Casa de barro. Incluso les he visto en la Furia del Libro y eso evidencia que estas editoriales están presentes y mostrándose, no necesariamente dependiendo del stand porteño donde reúnen títulos de la quinta región, lo que habla de un ejercicio de doble descentralización: del de la capital regional y de la capital nacional. Bien ahí por esos proyectos. También sé que en Los Andes hay varixs agentes literarios, como Piera Tacchini, quien realiza talleres desde hace muchos años; o editorial Ñirre que tiene un catálogo interesante, pero además sé que hay grupos de escritores con contactos internacionales que se juntan y tienen sus encuentros y tertulias con cierta regularidad. Reitero, no soy localista, pero valoro lo que está sucediendo y el modo en que pasa, incluso sabiendo re poco del acontecer literario aconcagüino.
Respecto a la idea de migrar y la forma en que está planteada la pregunta, tengo un par de cosas que decir:
La primera es que desde todo lugar es posible construir una voz literaria, saliendo o no del espacio en el cual se escribe, esto porque el libro no es una entidad estática, todo lo contrario, el libro es un objeto que se reproduce, que viaja, que transporta y es transportado tanto en el ejercicio de importación y exportación, pero, además, en la traducción misma. Quien tiene sed de literatura (o de cualquier forma de arte), siempre hallará una manera de encontrarla. Bajo esa premisa, paso a la segunda parte.
Yo no soy originaria del valle. Mi origen está en el Archipiélago de Juan Fernández, pero también en Valparaíso y Quilpué. La verdad es que después de tantos años, aún hay momentos en que no me siento parte de este lugar. Llegué en junio de 2004 desde el norte y terminé haciendo mi educación media y pregrado en esta ciudad. Pero nunca me sentí oriunda. Hoy en día me es más fácil decir: soy de allí, pero la verdad es que mi historia es una historia itinerante, transoceánica, cordillerana, desértica, agrícola… hasta el día de hoy voy y vuelvo, no logro un establecerme de forma fija y, la verdad, por ahora, no me lo cuestiono mucho: es como es. En parte he escogido esta forma de vida, aunque también he tenido que vivirla de esta manera.
Para quienes han sido nacidos y criados en un solo lugar y deciden crear desde esos espacios (teniendo en consideración la aldea global en que vivimos y las implicancias neoliberales y comunicacionales asociadas), tampoco es que hayan vivido en una burbuja. Siempre hay algo que entra y sale, alguien que lleva y trae. Por eso podemos decir que existe lo local, porque hay un afuera. Los territorios son penetrables, algunas veces para bien, otras para mal (es cosa de ver cómo la colonización nos ha dejado y los coletazos del extractivismo). Pero no somos, como especie, la única que migra: moverse es una forma de existencia. Inventar rutas, revertir caminos es parte de ser, pertenecemos a una ontología del movimiento. Hasta las tribus que viven en zonas recónditas de selvas se mueven y gracias a eso cada cierto tiempo son avistadas, lo que nos permite saber que existen y resisten. Las palabras y sus significados también lo hacen, tienen su propia semiósfera donde los traslados ocurren a cada rato. Hay objetos que viajan e incluso que desaparecen y con el tiempo vuelven a presentarse, ante nuestra sorpresa, creyendo que tenemos control sobre lo inerte. La cuestión es: migrar es parte de la noción de movimiento, más lejos o más cerca, migrar no debería verse como una amenaza creativa. Se escribe desde donde se siente. Migrar puede ayudar a ver las cosas desde otro sitio y eso puede ser bueno. Quedarse puede permitir indagar con más profundidad en el espacio, conocerlo como se conoce un olor; y eso puede ser bueno.
De este modo, las grandes ciudades fueron creadas contra su voluntad. No seamos tan castigadoras. Son como son por cómo somos también sus habitantes. Eso en toda ciudad, sea grande o chica. Las únicas personas que pueden quejarse del lugar donde viven, y con toda propiedad, son aquellas cuyas localidades han sido convertidas en zonas de sacrificio, donde una cosa monstruosa se ha instalado para intervenirlas y enrarecerlas. La cuestión es, siendo las comparaciones tan odiosas como se dice ¿podemos dejar de pensar nuestra ciudad en comparación o contraste con otra? Pero, además, ¿debemos dejar de hacerlo? ¿Hay riqueza en el ejercicio comparativo?
Creo que especular la escena local en relación con la escena de las grandes ciudades es tramposo. Pienso, de hecho, que es directamente proporcional, donde la función [f(x)] está dada en una relación de cantidad de población con acceso a la cultura y las artes (Y) y la regularidad con que estas suceden (X). Se puede medir en números. En San Felipe y Los Andes varios centros culturales y museos están activos y traen/presentan exposiciones interesantes y ofrecen actividades a las que las comunidades responden bien, asistiendo, participando. Seguramente, con ese dato en mano me preguntarías ¿es solo la cantidad la forma de medir a la escena literaria? Por supuesto que no.
También está la cuestión de la calidad de la obra o del servicio cultural, pero eso ¿quién lo mide? ¿Un especialista en tal o cual materia, alguien con experiencia, un evaluador? ¿Las y los receptores? Podríamos ampliar más y más las preguntas… ¿qué es literatura de calidad? ¿A qué se parece la literatura o arte de calidad? ¿Cómo se determina la noción de calidad, creatividad, innovación? Al final, lo importante es que se están haciendo varias cosas, puede que algunas mejor que otras, quizás varias contaron con tan poco público que nunca sabremos si fueron espectaculares, ¿cómo saberlo? No podemos estar en todas partes al mismo tiempo, no podemos quemarnos yendo a todo, tampoco es útil quedarnos estáticos. Toca aplicar la sensatez porque, en este gráfico, las líneas son inquietas, como el lenguaje, y una tiene que saber reconocer desde qué lugar está mirando el plano y hacerse cargo del spot que escogió. Yo escojo quedarme cuando vengo y mirar desde afuera cuando me voy. Es todo lo que tengo por ahora.
*Matías Saa es Estudiante de Literatura en la Universidad Alberto Hurtado. Colabora en diversos medios y actualmente trabaja en el Centro Arte Alameda.
