Carnavalización en La conjura de los vicios de David Betancourt

Por Brayan Stiven Parra*

David Betancourt, en su obra «La conjura de los vicios», nos presenta un caleidoscopio narrativo que desafía las convenciones literarias tradicionales y nos sumerge en un mundo donde lo absurdo se torna cotidiano y lo cotidiano se vuelve absurdo. Esta colección de relatos, que orbita alrededor de personajes atrapados en la vorágine de sus propios vicios, se erige como un ejemplo paradigmático de la carnavalización literaria, concepto acuñado por el teórico ruso Mijaíl Bajtín.

La carnavalización, en su esencia, implica una inversión temporal de las jerarquías sociales, una celebración de lo grotesco y lo vulgar, y una fusión irreverente de lo alto y lo bajo. Es, en palabras del propio Bajtín, «la vida misma, pero conformada con los elementos característicos del juego». En «La conjura de los vicios», Betancourt abraza esta noción y la lleva a nuevos horizontes, creando un universo literario donde las normas convencionales se disuelven en una amalgama de humor ácido y crítica social.

El lenguaje en la obra de Betancourt es, quizás, el primer indicio de esta carnavalización. El autor juega magistralmente con los registros lingüísticos, entretejiendo el parlache -jerga popular de Medellín- con expresiones en latín y un lenguaje formal que roza lo académico. Esta yuxtaposición lingüística no solo genera un efecto cómico, sino que también sirve como metáfora de la propia sociedad colombiana, donde lo culto y lo popular coexisten en un equilibrio precario y fascinante.

Tomemos, por ejemplo, el relato «Gonorrea», donde el protagonista, Manuel, se ve acosado por su adicción a las groserías. La narración oscila entre la vulgaridad más cruda y reflexiones casi filosóficas sobre la naturaleza del vicio. Esta dicotomía lingüística refleja la lucha interna del personaje y, al mismo tiempo, subvierte las expectativas del lector sobre lo que constituye un «lenguaje literario apropiado». Betancourt nos presenta frases como «Vos sí sos muy flojo en esta vida, home Manuel», yuxtapuestas con reflexiones más elaboradas, creando un contraste que desestabiliza nuestra percepción del lenguaje narrativo convencional.

La estructura narrativa de «La conjura de los vicios» es otro elemento que contribuye a su carácter carnavalesco. Betancourt rompe constantemente la cuarta pared, dirigiéndose al lector y comentando sobre el proceso de escritura del propio libro. Esta autorreferencialidad no solo genera un efecto meta-literario, sino que también desestabiliza la relación tradicional entre autor, texto y lector. Al hacer esto, el autor nos invita a cuestionar las convenciones narrativas y a participar activamente en la construcción del significado.

Los personajes que pueblan las páginas de «La conjura de los vicios» son, en sí mismos, encarnaciones del espíritu carnavalesco. Desde el hombre adicto a realizar «cirugías estéticas mentales» a todo lo que considera feo, hasta el escritor obsesionado con matar a sus personajes, cada uno de ellos representa una exageración grotesca de los vicios y neurosis humanas. Estos personajes, en su extravagancia, nos obligan a confrontar nuestras propias debilidades y obsesiones, llevando a cabo esa función catártica que Bajtín atribuía al carnaval medieval.

El personaje adicto a las conversaciones, por ejemplo, puede interpretarse como una parodia de la necesidad humana de conexión en una era de comunicación superficial y fugaz. Su vicio, llevado al extremo, se convierte en un espejo distorsionado de nuestras propias ansiedades sociales. De manera similar, el borracho que decide regalar todo en medio de su embriaguez puede verse como una crítica mordaz al materialismo y a la falsa generosidad que a menudo se manifiesta en estados de alteración.

Es particularmente interesante cómo Betancourt utiliza el absurdo para iluminar verdades sociales. El relato del portero que saluda a los empleados con un beso en el cristal, por ejemplo, puede leerse como una crítica mordaz a la deshumanización de las relaciones laborales en la sociedad moderna. Al llevar esta situación al extremo de lo ridículo, el autor nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de nuestras interacciones cotidianas y la necesidad humana de conexión en un mundo cada vez más impersonal.

La inversión de valores morales, otro elemento clave de la carnavalización, se manifiesta en la forma en que Betancourt trata los vicios de sus personajes. Lejos de condenarlos, el autor los presenta como partes integrales de la identidad de sus protagonistas, casi celebrándolos. Esta aproximación subversiva nos obliga a cuestionar nuestras propias nociones de moralidad y a reconocer la complejidad de la naturaleza humana.

En el relato del escritor adicto a matar personajes, por ejemplo, Betancourt juega con la idea del autor como creador y destructor. Este personaje, en su obsesión por la muerte literaria, se convierte en una representación carnavalesca del proceso creativo mismo, donde la creación y la destrucción son dos caras de la misma moneda. Al presentar este vicio como una característica definitoria del personaje, Betancourt nos invita a reflexionar sobre la naturaleza misma de la creación artística y sus implicaciones éticas.

El Centro de Rehabilitación Papá John, mencionado recurrentemente en los relatos, se convierte en un símbolo de la futilidad de los intentos de la sociedad por «corregir» lo que considera desviaciones. La ineficacia de este centro para «curar» a los personajes de sus vicios puede leerse como una crítica a las instituciones sociales que buscan homogeneizar el comportamiento humano, ignorando la diversidad inherente a nuestra especie.

Este centro de rehabilitación, con su nombre que evoca una cadena de pizzerías, es en sí mismo una manifestación del espíritu carnavalesco. La yuxtaposición de lo serio (la rehabilitación) con lo trivial (una marca de comida rápida) crea un efecto cómico que subraya la absurdidad de intentar «curar» la condición humana como si fuera un simple pedido de comida para llevar.

Es importante notar cómo el humor en «La conjura de los vicios» funciona no sólo como un mecanismo de entretenimiento, sino también como una herramienta de crítica social. A través de la risa, Betancourt logra que el lector baje sus defensas y se enfrente a realidades incómodas sobre la sociedad y sobre sí mismo. Este uso del humor como vehículo para la reflexión social es otro aspecto fundamental de la carnavalización literaria.

La obra de Betancourt también ejemplifica lo que Bajtín llama la «grosería carnavalesca», es decir, el uso de lenguaje y situaciones vulgares o escatológicas como medio de liberación de las restricciones sociales. Sin embargo, en «La conjura de los vicios», esta grosería no es gratuita, sino que sirve para desenmascarar hipocresías sociales y cuestionar tabúes culturales.

En el relato «Gonorrea», por ejemplo, el uso excesivo de groserías por parte del protagonista no es simplemente un recurso para escandalizar al lector. Más bien, funciona como una crítica a la hipocresía social que condena ciertas formas de expresión mientras tolera comportamientos mucho más dañinos. La familia del protagonista está más preocupada por su lenguaje que por entender las razones detrás de su comportamiento, reflejando así una sociedad que a menudo se preocupa más por las apariencias que por los problemas de fondo.

La estructura fragmentada de «La conjura de los vicios», compuesta por ocho relatos interconectados, también contribuye a su naturaleza carnavalesca. Cada historia funciona como un microcosmos donde las reglas normales de la sociedad se suspenden temporalmente, permitiendo que afloren comportamientos y situaciones que normalmente serían reprimidos. Esta estructura recuerda a la naturaleza temporal del carnaval medieval, donde por un breve período se permitía la subversión del orden establecido.

Al analizar «La conjura de los vicios» a través del prisma de la carnavalización, podemos apreciar cómo Betancourt utiliza esta técnica para crear una obra que es a la vez entretenida y profundamente crítica. El autor logra lo que David Viñas Piquer, en su «Historia de la Crítica Literaria», señala como uno de los objetivos fundamentales de la literatura: enriquecer nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos.

Viñas Piquer, al discutir la evolución de la crítica literaria, enfatiza la importancia de entender la literatura no sólo como un fenómeno estético, sino también como un producto cultural que refleja y cuestiona las dinámicas sociales de su tiempo. En este sentido, «La conjura de los vicios» se alinea perfectamente con esta visión, utilizando la carnavalización como un medio para examinar y criticar la sociedad contemporánea.

La carnavalización en la obra de Betancourt no es un mero ejercicio estilístico, sino una herramienta poderosa para examinar la condición humana en toda su complejidad. Al subvertir las convenciones literarias y sociales, el autor nos invita a cuestionar nuestras propias certezas y a ver el mundo desde perspectivas nuevas y desafiantes.

El uso que hace Betancourt de la carnavalización también nos recuerda la naturaleza dialógica de la literatura que Bajtín tanto enfatiza. Cada relato en «La conjura de los vicios» entra en diálogo no solo con los otros relatos del libro, sino también con toda una tradición literaria y cultural. Las referencias a la literatura clásica, yuxtapuestas con el lenguaje coloquial y las situaciones absurdas, crean un tejido textual rico y complejo que invita a múltiples lecturas e interpretaciones.

La conjura de los vicios

Random House Mondadori

2020

211 páginas

*Brayan Stiven Parra es estudiante de Licenciatura en Español y Lenguas Extranjeras de la Universidad Libre de Colombia.

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