Un clásico de la miseria: Conmovedor testimonio novelado

Sala de lectura

A cuarenta años de la muerte de Alfredo Gómez Morel (1917-1984), y más de sesenta desde su publicación en 1962, el El Río ha sido objeto de múltiples miradas críticas en función tanto del mundo narrado y de quien vivió en cierta forma muchas de las experiencias relatadas. A manera de ejemplo, para Alberto Fuguet “El Río, en este sentido, es populismo literario al mejor nivel. Excesiva y ruidosa, coprolálica y espuria, hermana bastarda de Hijo de ladrón, la novela de Gómez Morel es quizás la más cruda expresión de aprendizaje moral jamás escrita en Chile”.


Con sus páginas nacidas desde una celda y con un fuerte carácter autobiográfico, la novela de Gómez Morel fue y es toda una revelación. Lo anterior, a su vez, queda de manifiesto en la crónica “Por qué me convertí en delincuente”, añadida al final de la novela y publicada originalmente en la revista Paula en 1971, donde se cruzan ficción y realidad (intertextualidad entre la novela y la crónica). Así, se materializan, a través del relato, sentimientos encontrados, tanto desde la perspectiva del escritor como del lector. A su vez, son de esos textos que no dejan a nadie indiferente. El propio narrador señala: “Tengo cuarenta y seis años de edad. Me levanto de mi mesa de trabajo. Estoy cansado y desgarrado por dentro: cada vez que escribo, vuelvo a sentir lo vivido como una navaja rasgándome las carnes. Muestro mis recuerdos hasta quedar sangrando por dentro”.

Estos recuerdos se remontan a su infancia y adolescencia, principalmente, en donde quedan retratadas en forma muy vívida las dificultosas relaciones, sobre todo con su madre; las peripecias en el reformatorio; los duros momentos en la cárcel y, más que nada, la sobrevivencia en el “mundo del río”, con su inherente marginalidad que da lugar a una manifiesta dialéctica entre los habitantes de ese espacio, con sus leyes y códigos propios, y los de la ciudad. Pero, a pesar de los continuos tropiezos, para el protagonista ese mundo le “atraía como atrae todo lo prohibido y singular”, ya que “cuando divisé el río sentí una clara impresión de libertad”.

No obstante su temática y sus “pústulas y dolores” (en palabras de Pablo Neruda), es difícil sustraerse del encanto de esta narración. Hay transparencia y verdad en cada una de sus páginas. Hay dolores y continuos signos de rebeldía. Hay miseria flotando en los márgenes del río. Además, dentro de su realismo naturalista, hay literatura que resalta detrás de una escritura diáfana, con la poesía iluminada “por los rayos fantasmales de una luna somnolienta”. En esta época, por lo menos literariamente hablando, el naturalismo dejó de ser una tendencia en nuestra literatura, pero no se pueden soslayar los indicios claramente identificables en la novela; para el historiador Manuel Vicuña, “El Río es la contracara sórdida de la novela de formación burguesa: una incursión por los bajos fondos y su picaresca de la mano de un aspirante a choro (…).El itinerario de ese viaje contempla los prostíbulos, el antro del reducidor, el reformatorio, las cárceles, las torturas en los sótanos de los tiras, las partusas, la sodomización de los débiles y el inframundo de las cloacas pobladas de niños abandonados, de ratas enormes y gatos salvajes”.

Todo esto configura a El río como una novela de un valor incuestionable y cuya reflectora es siempre urgente, necesaria. Además, un documento de época de una marginalidad aún tan presente en este país que sigue creyendo el cuento del desarrollo.

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