Por Mónica Villarroel*

Este artículo aborda en primera persona lo vivido en la pandemia desde lo público a lo privado, narrando los avatares que enfrentaron los archivos cinematográficos, sorteando los obstáculos a nivel nacional y latinoamericano, para lograr sobrevivir a una crisis de gran envergadura como la de la Cinemateca brasileira. El cierre de las salas de cine y la imposibilidad de cuidar las delicadas películas desarrolló estrategias creativas que permitieron la continuidad en medio de condiciones adversas. Desde la intimidad del relato, la urgencia por mantener activa la solidaridad con las instituciones pares dedicadas a la salvaguarda del patrimonio audiovisual y el vínculo con los espectadores, ahora desde la privacidad de las pequeñas pantallas en el hogar, se cruza con la experiencia de haber sobrevivido a un cáncer de mamas en medio de las condiciones de emergencia que vivió la salud privada y pública.
La primera película que vi en una sala de cine después de casi dos años de ausencia fue Mensajes privados (Chile, 2022, 77min, color) de Matías Bize en el CEINA, donde hoy está el cine arte Alameda. Me costó muchísimo vencer el temor a un nuevo contagio. Era una función con la presencia del realizador y de uno de los actores protagónicos: Nicolás Poblete. Filmada en plena pandemia, con guion de Matías Bize, Nicolás Poblete, Néstor Cantillana, Vicenta Ndongo y Verónica Intile, tiene la particularidad de hablar desde lo íntimo. Son ocho historias reales donde los personajes transitan por violencia intrafamiliar, abuso, paternidad y otros temas que emergieron en medio del encierro. La cinta está íntegramente grabada en los celulares de los actores y Bize los dirigió por WhatsApp, en cuarentena total. Para el realizador de En tu piel (2018), La memoria del agua (2015), La vida de los peces (2010), Lo bueno de llorar (2007), Sábado (2003) y En la cama (2005), entre otras, esta vez la película fue inspiradora y única. Pero no solo eso, sino que pensaba en que fuera un film «luminoso» en medio de tanta oscuridad. Fue un ejercicio de confianza, una especie de taller entre el director y los actores con el hilo conductor de los dolores, de la valentía de develar la intimidad.
Abrazarse, aplaudir, felicitar, emocionarse en la sala oscura y reflexionar sobre lo que pasa en la pantalla mientras hacía el viaje como espectadora al interior del film, fue una experiencia renovadora. Pensé en ese momento que había sido filmada en medio del miedo, de la muerte, del encierro, en que los actores dejaban también las máscaras para ponerse frente a la cámara desde la intimidad de sus casas, desde el refugio y desde el silencio. Volver a lo importante, un remezón que quedó plasmado en una cinta chilena que, como tantas otras, partió desde lo digital, cambiando los formatos y las formas de narrar, pero que tenía como objetivo llegar al fondo de las emociones sin estridencias ni grandes pretensiones, como una cinta modesta.
Pasar desde el ejercicio de grabarse con el teléfono a la pantalla de cine, mirándose hacia adentro y llegar a la esfera de lo masivo desde la emoción, es lo que propuso Matías Bize, pero fue más allá de eso. Nos hizo entrar en la lógica de encontrar en ese cine la representación de nosotros mismos. Mensajes privados está hecha desde el amor, desde la búsqueda de la reparación e invita a hablar desde lo individual a lo colectivo, de lo privado a lo público y viceversa, en medio de cambios sociales, de una guerra lejana y al mismo tiempo cercana.
Partiendo de esa experiencia de retorno a la sala de cine -uno de los espacios donde me siento más cómoda-, puedo preguntarme con distancia cómo viví una pandemia, un encierro, el desafío de seguir manteniendo viva la Cineteca Nacional de Chile, salvaguardar las películas, asumir la coordinación ejecutiva de la CLAIM (Coordinadora Latinoamericana de Archivos de Imágenes en Movimiento, agrupación que reúne a 35 instituciones del continente) y sobrevivir a un cáncer de mamas.
Nitratos en tiempos de crisis
En los momentos más difíciles, la cultura, la literatura y el cine en particular fueron un refugio para muchos, aunque nos desplazamos a la inversa, de lo público a lo privado. Me parece necesario recordar que una de las grandes diferencias entre los hermanos Lumiére y Edison en los inicios del cine a fines del siglo XIX es que los primeros instalaron el concepto del espectáculo colectivo con su cinematógrafo, mientras que el segundo apelaba al visionado individual en una máquina llamada kinetoscopio. En este último podían observarse bailarinas danzantes o peleas de box, entre otras imágenes, algunas de las cuales incluso eran para mayores, mientras que los franceses deleitaban con escenas de la vida cotidiana que invadían la pantalla gigante con llegadas de trenes o salidas de obreros de la fábrica. Esa diferencia es lo que definió realmente al cine como un espectáculo masivo, colectivo, que permitía al espectador viajar a tierras lejanas, romper las nociones de tiempo y espacio, trascendiendo a la muerte con la imagen en movimiento que se imponía como un avance científico por sobre la fotografía (Morin, 2001).
Y esas películas son las que los archivos cinematográficos preservan y difunden con más o menos recursos, dependiendo de la situación de las políticas públicas y/o las iniciativas privadas en relación al patrimonio audiovisual. Me tocó liderar entre 2015 y 2022 una institución que nació tarde en el concierto de los archivos internacionales, pero que tuvo la ventaja de partir en la era digital. Un capítulo de la historia de la Cineteca Nacional de Chile se escribió en la pandemia, no estando ausente de tensiones ante el inminente cierre de las dos salas ubicadas en el Centro Cultural Palacio La Moneda y el desafío de mantener intacto al equipo ante constantes indicios de recortes presupuestarios y reducción de personal.
Cada día que pasaba en medio de las más duras cuarentenas pensaba que había que mantener el espíritu en alto del equipo y, sobre todo, fortalecer la actividad en red. Había que lograr llevar al modo virtual un programa de formación de audiencias para adultos y otro para escolares, que ahora estaban en sus casas, exhibiciones de cine online, incluyendo un festival, un Encuentro internacional de investigación sobre cine chileno y latinoamericano, seguir con los procesos de restauración de películas, temiendo por nuestro acervo, pero asumiendo la tarea de manera remota.
Nadie podía ingresar al archivo porque no fuimos considerados trabajadores esenciales. La idea de las bóvedas abandonadas, los laboratorios a oscuras y las delicadas películas de nitrato que corren el riesgo de autocombustión sin un manejo permanente, dejaba un sabor amargo cotidiano. Pero esa imagen desoladora desaparecía cuando pensaba en los grandes desafíos para todos los archivos latinoamericanos que en esta situación de pandemia se hacía más necesario y evidente: contribuir a poner al alcance del público nuestro patrimonio audiovisual, romper con el coleccionismo y preocuparse de que los acervos fuesen de libre acceso a través de plataformas digitales; que dejásemos el preciosismo de la restauración perfecta y maravillosa para los festivales especializados y abrir los archivos de manera mucho más democrática. Cuando hablamos de patrimonio audiovisual, salvaguarda y difusión son dos caras de la misma moneda, como nos recuerda Ray Edmondson (2016).
Me quedé con un pasaje comprado y una beca para ir al Congreso Internacional de la Federación Internacional de Archivos Fílmicos, FIAF, que agrupa a 172 instituciones de 80 países. La cita era en abril del 2020 y los organizadores desde Bruselas y desde la Filmoteca de la UNAM en México nos comunicaron que no era posible continuar con el encuentro. Ese año el tema era «Prevención y Gestión de Desastres Naturales y Humanos en los Archivos de Cine», parecía premonitorio. La siguiente versión se realizó por zoom, en abril de 2021, desde Bruselas.
Y vino la guerra en Ucrania. En 2022 el congreso fue híbrido, me invitaron a exponer a nombre de los archivos latinoamericanos y lo hice desde miles de kilómetros de distancia. Me enviaron una foto donde me veía gigante en el escenario de una antigua y majestuosa sala de cine en Budapest, conectada por Zoom. Hungría era uno de los destinos de decenas de personas que huían de Ucrania, había escuchado hablar horrores de los trámites de aeropuerto y permisos para entrar a Europa en ese momento, considerando además que el viaje sería largo y con transbordos. Mi salud precaria me advertía que era mejor no cruzar los océanos al poco andar de una cirugía y una radioterapia. Entonces me quedo con la imagen del plano medio ocupando el escenario de ese maravilloso cine en Budapest.
En noviembre de 2020 la Coordinadora Latinoamericana de Archivos de Imágenes en Movimiento (CLAIM) eligió una nueva directiva en una asamblea virtual1. Las condiciones de encierro favorecían, por una parte, y por otra, complejizaban la tarea. Nunca pensamos que nuestras energías también tendrían que enfocarse en una campaña internacional para salvar a la Cinemateca brasileira de una muerte inminente, luego de que en 2020 todo el personal fuera despedido por decisión del gobierno de Bolsonaro, ni para apoyar la no intervención de policía militar a la Cinemateca del Ecuador.
La idea de muerte rondaba en uno de los archivos más importantes de la región y había que actuar. Temían por sus antiguas películas de nitrato y por las de acetato que estaban abandonadas hacía más de un año, sobreviviendo a inundaciones e incluso a un incendio en uno de los depósitos secundarios. Organizamos acciones de apoyo virtuales, cartas, videos con declaraciones. Ver proyectados mensajes de solidaridad en el frontis de la institución en la Villa Magdalena en Sao Paulo fue conmovedor. Recordaba cada espacio de un archivo maravilloso instalado en lo que antes fue un antiguo matadero mientras, académicos, investigadores, estudiantes y amigos de la Cinemateca realizaban manifestaciones para concientizar al mundo sobre la grave situación del laboratorio, de los cientos de rollos de cine, del acervo fotográfico y de los invaluables documentos y libros que allí se conservan y que pude consultar cuando realicé mi tesis doctoral. Al igual que los protagonistas de la película de Matías Bize, utilizamos los teléfonos celulares para grabarnos desde la intimidad de nuestros hogares. Pero esta vez no eran historias de vida, sino palabras de aliento y reconocimiento de directores de cinetecas y filmotecas en distintos idiomas desde diversos puntos del planeta que nos remitían a modos de conectarnos donde no importaba la forma o la estética, sino la idea de actuar en red, de estar presente a la distancia acompañando y apoyando. Los dispositivos tecnológicos para grabar estaban al servicio de una causa, en medio de la crisis.
El montaje se hizo en Bruselas y el testimonio surgió como una forma de relato de manera natural. Recién en 2022 la Sociedad de Amigos de la Cinemateca Brasileira logró asumir la gestión de la institución y algunos de los trabajadores clave retornaron a sus tareas bajo la dirección de Dora Mourao, con la difíicil misión de retomar una cierta normalidad, encarar las pérdidas y asumir el futuro del patrimonio audiovisual brasileño.
Permiso de vacaciones y cáncer
El testimonio ha sido objeto de estudio en tanto recurso para el cine documental, vinculado a la memoria social. Ha estado presente en el debate teórico en relación a distintos momentos de la historia, asociado al cine político en América Latina, a procesos de justicia y, a partir de los años 90, especialmente a las subjetividades. Mensajes privados (2022), siendo una película de ficción, lo utiliza de la mano con las nuevas tecnologías que abandonan la forma tradicional de filmar. La urgencia de registrar y crear se vuelca al uso de teléfonos celulares como dispositivos de la imagen. En ese sentido, nos recuerda el uso de formatos no profesionales en la producción y difusión del cine, como los pequeños de 8mm, 9,5mm o 16mm de películas familiares y amateurs del siglo XX (se usaron hasta los años 80) o el súper 8 del cine político. La diferencia está en que el testimonio surge como un elemento que descubre las subjetividades de los propios protagonistas, más allá del contexto socio histórico. La situación de pandemia, bajo el prisma de Bize, fue un camino para experimentar con la imagen develando secretos que trascendían la ficción para llevarnos al relato de lo real. Historias de madres, padres, hijos, abuso sexual y violencia, eran abordados desde la honestidad de los actores enfrentados a su propia imagen. Antonia Zegers, Nicolás Poblete, Néstor Cantillana, Vicenta Ndongo, Verónica Intile, (Me llamo) Sebastián, Blanca Lewin y Alex Brendemühl, utilizaron el testimonio personal o de otros y otras, no solo como una modalidad discursiva, sino como un profundo punto de encuentro con quien estaría al otro lado de la pantalla.
Como cada año, en julio del 2021, fui a hacerme la mamografía de rutina, había dejado pedida la hora desde el otoño anterior. La clínica estaba copada de pacientes Covid, pero vencí el miedo a contagiarme y fui. Los ojos de mi radióloga fueron tan expresivos que no había duda. S Había que ganarle al tiempo. Allí comenzó mi periplo y no me paralicé como ocurría con otras mujeres que han pasado por este proceso, según tantos testimonios que escuché y leí. Por el contrario, sentía que había ocuparse del tema. El resultado de la biopsia fue categórico: cáncer de mamas. Aprendí que había varios tipos de tumores y de cáncer. Mientras más televisión veía y escuchaba sobre el colapso del sistema de salud, más leía sobre mujeres que no tenían posibilidad de operarse en el sistema público o que lo lograban pero luego no accedían a radioterapia oportunamente. Abandoné los grupos de Facebook de mujeres con cáncer porque no fui capaz de recibir tanta angustia ni compartir los relatos de dolor y falta de recursos para enfrentar la enfermedad. Tampoco era capaz de socializarlo, sólo mi familia más nuclear supo de mi diagnóstico, no quería repetir una y más veces lo que me estaba pasando porque hacerlo me recordaba a cada instante que me estaba jugando la vida. No me sentía víctima, guerrera ni luchadora, por el contrario, quería que la cotidianeidad se acercara lo más posible a la normalidad, seguir con mis caminatas, mis bicicletadas, y estar con un círculo muy estrecho. Sabía que la pandemia era un obstáculo y tenía que ser capaz de traspasarlo como el puente levadizo de un castillo medieval porque abajo había un foso lleno de dragones. Sentía que mi vida era una película en blanco y negro, como la de los personajes de Bize.
Tuve un seguro de salud que funcionó y que me hizo sentir horrorosamente privilegiada. Fue mi contradicción, pero cuando escuché la voz de mi doctora diciéndome que habían logrado encontrar pabellón para operarme no lo dudé. En menos de tres semanas desde que tuve el diagnóstico definitivo estaba cruzando los pasillos largos de una clínica del sector alto de la ciudad empujada por un camillero colombiano que se convirtió en mi único compañero de ruta en este trance. Estudiaba enfermería, me contaba que los médicos le preguntaban por sus notas todas las semanas. Me sentí acogida y acompañada por un joven migrante de pelo dorado, alegre y empático, que llenó de luz esos momentos de oscuridad. Me parecía insólito que otros como él estuvieran en el absoluto abandono y fueran discriminados por ser extranjeros buscando un camino honesto para iniciar sus nuevas vidas.
Los ascensores estaban separados: pacientes con Covid y no Covid. Llegué muy temprano a internarme, sola; no dejaban entrar a nadie, sólo pudo ingresar mi hermana a la habitación que me asignaron post cirugía, pero no le permitían salir de allí. Cuando volví de la anestesia estaba en una sala con desconocidos somnolientos, los carteles por toda la clínica eran otra vez claros: pacientes Covid, pacientes no Covid. Estábamos catalogados como un archivo e imaginaba cómo los pacientes Covid se debatían entre la vida y la muerte, estaban solos, no había acompañantes, familiares, parejas ni amigos. Los médicos estaban cansados, lo notaba en su semblante y el imaginario de la pandemia se volvía real; a ratos tenía imágenes provenientes de Ensayo sobre la ceguera, de Saramago, y pensaba que estábamos allí, recluidos en un recinto que acumulaba contagiados que ingresaban a un mundo sin salida.
También me sentía como Papelucho en la clínica, para los que leímos las historias de Marcela Paz, pero esta vez estaba todo teñido de miedo a un virus que a esas alturas ya era por todos conocido. Sentía que simplemente había entrado en una espiral donde tenía que moverme bien para no salir expulsada hacia el infinito; dejarme llevar y lograr sortear a los inmensos dragones que acechaban. Y así fue también la radioterapia. No recuerdo cuántas sesiones ni cuántas veces fui a la clínica en solitario. Me cansaba, el cuerpo se agotaba y apenas tenía energía para mi libro sobre los Selk’nam. La Patagonia se convirtió en mi lectura de temporada; con sus horrores y maravillas, deambulé por los parajes australes, me sumergí en el personaje de José Menéndez y Sara Braun se transformó en una misteriosa obsesión mientras más sabía de los horrores que se cometieron con los indígenas en esos fríos y lúgubres pasajes de nuestra historia. Al final de la radioterapia me hicieron tocar una campana de barco; un auxiliar me dijo que los que terminaban el tratamiento tocaban la campana y les iba bien, se sanaban. Me colgué de la cuerda y la hice sonar con tal fuerza que creo que se escuchó en toda la clínica Todavía recuerdo los abrazos del personal que me acompañó en ese difícil viaje y agradezco la vocación y entrega de quienes trabajan en salud, más encima en tiempos de pandemia, cuando asumieron roles de amigos, de padres y madres, de hermanos, de familia.
Poco a poco fui acostumbrándome a disfrutar del silencio y estar en un nuevo encierro post operatorio que vino luego de la etapa más dura. Ese periodo hizo que replanteara la manera de enfrentar la cotidianeidad. Al poco tiempo interrumpí mi licencia médica, decidí volver a trabajar a la Cineteca y me subí a un avión rumbo a Punta Arenas. Estrenamos en el pequeño y antiguo cine de Porvenir las «Actualidades magallánicas» de Antonio Radonich y José Bohr, filmadas en las décadas de 1920 y 1930, una colección espléndida de cortos documentales que el equipo había restaurado durante los meses de encierro. Atravesar a la isla del fin del mundo luego de haber leído sobre la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego era un recorrido necesario. La sala parecía transportarnos a los inicios del siglo XX, una época que sin duda nos ofrece el encanto de los primordios del cine, pero que me remitía también a esos oscuros pasajes de injusticia, inequidad y abuso asociados al «desarrollo industrial y ganadero» de la región. Recordaba la casa de Sara Braun y sus retratos en la pared de la mansión en la plaza Muñoz Gamero, su tumba y la de José Menéndez, tan apoteósicas como inquietantes, contrastando con la simplicidad del piso y el escenario de madera de la salita de Porvenir donde unos soñadores como Radonich y Bohr instalaron su fábrica de sueños cinematográficos. Me sentí mal, pero como estaba saliendo del cáncer pensé que eran los efectos de la radioterapia y el cansancio por el viaje; no pude ir a la función de estreno, tomé el barco de regreso, me hice un examen PCR y di positivo, tenía Covid-19 pese a mis vacunas.
Todo se confunde entre encierros, cuarentenas, pasillos de clínica, pasajes y congresos cancelados. Extrañaba el aire libre, la naturaleza, la montaña. Mi compañero de bicicleta estuvo a mi lado en el proceso de recuperación del cáncer. Volvimos a usar los permisos para salir a caminar por los parques de Santiago, el olor a tierra húmeda y la textura crepitante de las hojas de los árboles me provocaban una sensación de vitalidad y recomposición biológica y espiritual. También usamos un permiso de vacaciones y recorrimos la tierra de mis abuelos, deambulamos por los pueblos de la sexta región huyendo de los lugares que estaban en cuarentena total, fue una aventura divertida sentir que trasgredíamos la ley de vez en cuando. Las reuniones virtuales con mis amigos latinoamericanos continuaron y los cumpleaños y congresos por Zoom se hicieron habituales. Quiero pensar que la pandemia nos dio la enorme posibilidad de encontrarnos, más allá de los mares y de las diferencias horarias que alguna vez me jugaron una mala pasada.
De pronto, toda la intensidad se transformó en energía, en una especie de ritualidad cotidiana de agradecimiento por estar viva entre tanta tragedia que me rodeaba. Sentí que no podía abrirle la puerta al sufrimiento, al dolor, al miedo ni a la sensación de paralizarse ante la adversidad. Hoy pienso en los actores de la película de Matías Bize y cómo fueron capaces de enfrentar sus propios dolores para construir personajes que nacieron de relatos personales, que pudieron convertir la angustia en un testimonio lleno de fortaleza que en algún momento fluye y pasa de lo íntimo, de lo privado, a lo público. De la misma manera, nunca había escrito ni narrado esta experiencia porque quería mantenerla en el espacio de lo privado. Hoy creo que es posible compartirlo en la medida en que otros pueden pasar por el mismo puente levadizo, que la adversidad puede llegar a ser «luminosa» en medio de tanta oscuridad. Entonces me siento segura, tomo la mano de mi compañero de bicicleta y agradezco cada vez que caminamos por los parques y montañas, tocamos la nieve o el pasto húmedo y nos embarramos los zapatos.
NOTAS
- La agrupación quedó encabezada por Mónica Villarroel, Directora de la Cineteca Nacional de Chile, como Coordinadora ejecutiva; José Quental, Coordinador de Cine de la Cinemateca del Museo de Arte Moderna (MAM) de Río de Janeiro, como Coordinador técnico, y Diego Coral, Director de la Cinemateca Nacional de Ecuador e Idania Castillo, Co-directora de la Cinemateca Nacional de Nicaragua, como Coordinadores de comunicación. ↩︎
REFERENCIAS
ALONSO MARCHANTE, José Luis. Selk’nam. Genocidio y resistencia. Santiago de Chile: Catalonia, 2020. Segunda edición.
_________Menéndez, Rey de la Patagonia. Santiago de Chile: Catalonia, 2013.
EDMONDSON, Ray (2016). Audiovisual Archiving: Philosophy and Principles. Tercera edición revisada. París: Unesco.1 https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000243973
FOSSATI, Giovanna. Del grano al píxel. Cine y archivos en transición. Madrid: Filmoteca Española. Segunda edición en español, 2021.
MORIN, Edgar. El cine o el hombre imaginario. Barcelona: Paidós, 2001.
UNESCO (1980). «Recomendación sobre la salvaguardia y la conservación de las imágenes en movimiento». Actas de la 21. a Conferencia General de Belgrado, 1980 (pp. 167-171). París: Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.
*Mónica Villarroel Márquez: Doctora en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Chile; Magíster en Comunicación por la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (Brasil) y periodista de la Universidad de Chile. Es autora de los libros Poder, nación y exclusión en el cine temprano. Chile - Brasil (1896-1933) (2017); Señales contra el olvido. Cine chileno recobrado (2012) y La voz de los cineastas: cine e identidad chilena en el umbral del milenio (2005). Ha coordinado los libros Cine chileno y latinoamericano. Antología de un Encuentro (2019) Imaginarios del cine chileno y latinoamericano (2018); De Ruiz a la utopía contemporánea en el cine chileno y latinoamericano (2017); Memorias y representaciones en el cine chileno y latinoamericano (2016); Nuevas Travesías por el cine chileno y latinoamericano (2015); Travesías por el cine chileno y latinoamericano (2014) y Enfoques al cine chileno en dos siglos (2013) y es autora de numerosos artículos en revistas especializadas. Ha ejercido la docencia en la Universidad de Chile, Pontificia Universidad Católica de Chile y Universidad de Santiago, entre otras. Actualmente es profesora en la Universidad Alberto Hurtado. Fue directora de la Cineteca Nacional de Chile desde agosto de 2015 a junio de 2022 y Coordinadora Ejecutiva de CLAIM 2020-2022 (Coordinadora Latinoamericana de Archivos de Imágenes en Movimiento).
