Por Eduardo Bustamante*

La segunda novela de María José Ferrada, El hombre del cartel (Alquimia Ediciones, 2021), se presenta de manera muy particular en el panorama narrativo chileno reciente. El relato es breve y se enfoca en una temática triste y contingente: el riesgo que significa ser distinto en Chile, narrado a través de la mirada de un niño en la edad en que la sociedad comienza a hacernos notar esas distinciones a la fuerza.
Desde su epígrafe, una línea de El tambor de hojalata («Contra toda ciencia quería yo la felicidad.»), sumado a los detalles gráficos que emplea Alquimia, en este caso páginas que muestran en toda su extensión una vista del cielo estrellado, un halo nostálgico se desprende del libro. Una nostalgia por lo perdido, o por lo que habrá de perderse, a medida que avanza la historia; cosas tan abstractas como la inocencia o la felicidad de ignorar ciertas cuestiones, o tan concretas como un padre o un lugar en la pequeña comunidad que nos rodea.
Nuestro narrador Miguel, de once años, ha madurado a la fuerza por la particularidad de su núcleo familiar. Y madurar también es tomarse las cosas con cierto humor. A los sucesivos accesos de rabia de su madre contra él y su padre (ausente), el niño responde sintiéndose parte de una obra cuyos espectadores son los vecinos del block de departamentos en donde viven. La obra tiene sus pautas: siempre hay platos quebrados, silencios incómodos, voces en off («Tu padre me las va a pagar», lanzado cada tanto como un mantra). La narración avanza a la par de los pensamientos de Miguel y se vuelve sencilla y diáfana, aunque cambiante.
Nada más acertado para describir el entorno de Miguel y su familia que el dicho «pueblo chico, infierno grande»; el relato se mueve entre el grupo de vecinos del block, en la amenaza latente de los campamentos de los «Sincasa» y el Supermercado Superior (donde trabaja Paulina, su tía y cómplice contra su madre). Todo ello conectado de tal manera que no hay pieza que pueda moverse sin una consecuencia a sus espaldas, hecho que se manifiesta paralelamente en el ritmo narrativo. Y como eje final está Ramón, el tío de Miguel: el hombre del cartel.
Ramón trabaja como cuidador de un gran cartel de Coca – Cola al costado de la carretera y, por variadas razones, decide armar una pequeña choza en él y vivir allí. Lo que podría ser solo un problema doméstico para Paulina (su pareja) o una rareza para su entorno familiar más cercano, pronto se convierte en una molestia para el pueblo.
Ferrada emplea con destreza un contraste de valores constante en la comunidad para ilustrar la violencia del saberse superior a otro en su estado más brutal. La gente de los blocks odia a los Sincasa, pero (y porque) ellos también lo fueron. Odian también a Ramón, porque desearían tener su libertad a la vez que saben que, de no apuntar, podrían ser apuntados: errar es humano, pero aún lo es más enjuiciar. Entre el límite de lo tristemente real y lo fantástico que pueden parecer los hechos a los ojos de un niño, El hombre del cartel pone en la palestra muchos temas en boga en la esfera pública de los últimos años: el auge de la xenofobia, el racismo y la violencia como motor de una supuesta «identidad nacional»; un bien mayor, pero ¿mayor para quién?
El hombre del cartel, Alquimia Ediciones, 2021
154 páginas
* Eduardo Bustamante Fernández (1996). Licenciado en literatura y librero. Correo de contacto: ebustamantef@uft.edu.
