Escribir El jardín de las delicias

por Ana María Maza

Existen afanes permanentes en la vida que esperan agazapados su momento de vigencia en las diferentes actividades académicas y personales que podamos realizar. En mi caso, uno de estos intereses ha sido mi fascinación por la Edad Media, descubierta de manera libresca en la literatura y el arte antes de los 20 años, y luego vivida y gozada en mis temporadas de permanencia en España. Un deslumbramiento que me convirtió, desde muy joven, en profesora de literatura medieval. De manera paralela, ya en mi adolescencia, tuve entusiasmo por la magia de la cocina y su sorprendente diversidad y creatividad. Experimentar y conocer comidas chinas, españolas, francesas, italianas, magrebíes, alemanas, mexicanas, etc. me ha resultado hasta hoy una entretención apasionante, unida a mi gusto de coleccionista de los recetarios culinarios más diversos. Comprobé así que la plática cultural con épocas pasadas se puede realizar tanto con las obras de arte como con las comidas.

Sabemos que con la lectura surge el diálogo más amplio y diverso que podemos experimentar con el mundo. Más de tres mil años de existencia reviven en nosotros cuando leemos los textos épicos de culturas antiguas. Las disputas, envidias, acciones soberbias de los personajes de la guerra de Troya no son diferentes de las actuales disputas humanas por el poder. En toda obra literaria se mantiene el mismo centro de interés: buscar el sentido de la vida y de los seres humanos en ella. Ese alcance profundo une a Aquiles de La Ilíada con Gregorio Samsa de La metamorfosis, y don Quijote. «Alturas de Machu Pichu» de Neruda, con su original sentido de la muerte y del tiempo, está enlazada a los tristes poemas de amor de la Edad Media, a Garcilaso de la Vega y a Rafael Rubio.

El primer escritor chileno, José Victorino Lastarria, ya dejó establecida esta visión compleja de la literatura:

La literatura, en fin, comprende entre sus cuantiosos materiales, las concepciones elevadas del filósofo y del jurista, las verdades irrecusables del matemático y del historiador, los desahogos de la correspondencia familiar, y los raptos, los éxtasis deliciosos del poeta[i].

Yo incorporé otro elemento a todo lo anterior: la comida y su expresión cultural y simbólica, presente desde las primeras obras literarias. Esa perspectiva permite entender la importancia trascendental que supone la comida en el desarrollo de la historia, de la política, de la economía, de la visión sagrada del mundo; la comida como divertimento, como crítica, etc. etc. Tiempos pasados que nos esperan en un plato de lentejas o en unas albóndigas.

La comida en la literatura tiene representación importante en numerosas obras, entre ellas la de Cervantes, ya sea por la comida caracterizadora de los personajes, la comida imaginada de Sancho, los brebajes con sentido mágico creados por don Quijote o la prohibición de comer por miedo a los envenenamientos, cuando Sancho es gobernador. Si en la literatura la vida se transforma en un vivir aparece también en ella una atención especial a la vida cotidiana, donde se instala la comida en toda su dimensión significativa.

Hace algunos años comencé a escribir un libro sobre la cultura del periodo gótico medieval y, de manera especial, sobre el Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita, -un texto complejo, sabio y lúdico- del que buscaba demostrar su gran modernidad. Este libro, como otros proyectos, quedó sin terminar por diversas razones. Es así como aquello que pudo ser se transformó en algo distinto -el espectro de posibilidades del que habla Lotman- y terminó en un curso y libro sobre la cultura de la comida en la Edad Media.

 Hace ya varios años, en la Escuela de Literatura de la Universidad Finis Terrae, propicié un especial encuentro con comidas «cervantinas», al finalizar el curso sobre El Quijote. Invitaba a los alumnos a comer platos mencionados en la obra para crear un espacio comunitario y sensorial que los acercara más a la novela. Luego, la directora de la Escuela, Francisca Lange, y la Coordinadora Académica, Valeria Cofré, me estimularon muy generosamente, para que realizara un curso de Formación General, sobre la cultura de la comida. Al tener buena aceptación el curso, pensé que si unía todos los elementos que durante años me habían interesado, podía escribir un libro que me permitiera compartir los temas que me habían provocado gran gozo intelectual y sensorial. Un libro donde se uniera lo aparentemente efímero, como es un plato de comida -pero que encierra una profunda temporalidad   cultural- con lo permanente y atemporal del arte.

Me entusiasma compartir con otros aquello que se ha podido descubrir, tanto en una clase como en un libro, para ver de qué manera se establece el diálogo, la recepción y la nueva creación del conocimiento. En el libro era posible profundizar las relaciones con otras disciplinas, como el soporte imprescindible de la historia, la ineludible visión de la antropología y el arte, junto a la literatura. Fue así como, en los tiempos cercados de pandemia, me concentré en escribir sobre formas de vida pasadas, sobre la comida antigua y en cómo disfrutar con las bellezas de la cultura, al descubrir que aquello que comemos tiene significados insospechados. Elementos que también se encuentran en el Libro del Arcipreste. Felizmente, cuando me atreví a presentar el libro a la editorial Planeta, «cayó en manos» de un editor entusiasta quien, tal como el cura amigo de don Quijote, dijo: «…he hallado en él un tesoro de contento…».

Gabriela Mistral afirmaba: «Hay que transmitir la intimidad del alma y decir con valentía el mensaje que brota del corazón antes de que lo rompa la muerte». Es posible que el mensaje que he querido transmitir, en El jardín de las delicias, sea diferente al de otros posibles libros imaginados, pero se origina y sustenta en mi amor por la cultura y la comida, como un aprendizaje siempre apasionante, alegre y gozoso.


[i] Discurso de Incorporación a una Sociedad de Literatura de Santiago, en la Sesión del tres de mayo de 1842. Recuerdos literarios LOM, CNLyL. 2001.

Deja un comentario